Un repaso a la historia, vida y tradiciones de nuestros antepasados.

14 de julio de 2021

De Torrecilla a Sevilla (1ª Parte)

Hablamos en una entrada de este blog sobre el origen, etimología y distribución del apellido Astola y vimos que era un apellido muy escaso y concentrado en torno al núcleo original del apellido en el barrio homónimo de Abadiño, desde donde se difundió. En el presente artículo, tras pasar por Torrecilla en Cameros, el hilo conductor de este apellido típicamente torrecillano nos va a conducir a orillas del Guadalquivir.

En el mapa por provincias que nos proporciona el Instituto Nacional de Estadística (INE), salta a la vista la lógica presencia de este apellido en el mencionado núcleo originario del apellido así como en Madrid o Barcelona dado el gran número de población que en ellas residen y su carácter de foco receptor de migraciones desde cualquier lugar de territorio español. Pero a estos tres focos lógicos, se suman otras tres zonas en España con presencia de personas apellidadas Astola: La Rioja, Albacete y el suroeste andaluz.

Distribución del apellido Astola en España (Fuente: INE, 2019)

El caso riojano, ya tratado en entradas anteriores, tiene su explicación en Torrecilla y en la persona de Vicente Astola Olazabal, cantero llegado de tierras vizcaínas a mediados del siglo XVIII siguiendo los pasos de otros muchos que habían hecho y harían esta ruta. La presencia del apellido Astola en Albacete, y sobre todo el importante foco de Sevilla y su entorno,  se va a explicar en las siguientes líneas y veremos que tiene mucho que ver con Torrecilla en Cameros.

Antonio, Víctor y Gregorio, eran los tres hijos de Vicente Astola Cabezón natural de Torrecilla y de su primera esposa, Prudencia Carretero Crespo, nacida en Valdeavellano de Tera (Soria) aunque residente en Lumbreras. Los tres hermanos constituían la cuarta generación de la familia Astola desde que su bisabuelo Vicente Astola Olazabal llegase a Torrecilla en Cameros procedente de la localidad vizcaína de Izurza.

Antonio Astola Carretero había casado en Torrecilla con María Merino Torres, natural de Laguna de Cameros, de cuyo prolífico matrimonio, dada la tónica de la época, nacieron diez hijos en algo más dos décadas en común: Victoriana, Juana, Josefa, Manuel, Andrea, Pedro, Martín, Esteban, León y Martina.

No dejaba de ser la típica vida difícil de una familia más en la Torrecilla de mediados del XIX hasta que los Astola-Merino se iban a topar de frente con la epidemia de cólera del verano de 1855, quizás la peor crisis sanitaria que sufrió Torrecilla en particular y España en general durante el siglo XIX. Debido a esta epidemia, Antonio Astola falleció el día 6 de agosto y su hija Juana el 22. El futuro no era nada esperanzador para María habiendo perdido a su esposo y una hija, con una amplia prole de hijos entre los dos y los veinte años de edad. Si en circunstancias normales Como sucedía en circunstancias normales, ahora agravadas por la situación familiar, la emigración se antojaba una posible salida en busca de futuro y fortuna mandando alguno de los retoños con algún familiar o paisano en mejor situación económica.

Serán varios los hijos y nietos de Antonio Astola y María Merino que encaminarán sus pasos hacia Andalucía en busca de establecerse en oficios relacionados con el comercio en los que otros paisanos suyos habían sido pioneros desde hacía años. Sevilla, Málaga, Antequera, Écija o Cádiz, habían sido destino de diferentes familias torrecillanas desde siglos atrás emigrado en busca de fortuna. Este camino recorrerá en años sucesivos dos de los hermanos, Martín y León Astola Merino, recalando en Sevilla.

Tradicionalmente el proceso era sencillo, un familiar o paisano asentado y en buena disposición reclamaba el servicio de unos de estos jóvenes aprendices a su lado. Una vez conocido el negocio y formada familia, generalmente se establecían por su cuenta. Varias de las personas protagonistas de este artículo fueron ejemplo de aquella emigración de finales del XIX. Desconozco por ahora en qué orden, cómo, o gracias a quién, llegaron a Sevilla los hermanos León y Martín Astola-Merino procedentes de Torrecilla en Cameros.

Martín Astola Merino, había nacido en Torrecilla en 1848. Desconozco si recaló en Sevilla antes, a la vez o después que su hermano León. En Sevilla contrae matrimonio en torno a 1884 con Agustina de Pablo Maldonado, natural de la misma ciudad y bautizada en la parroquia de San Pedro. Una década después, en el registro de empadronamiento de Sevilla de 1895, la familia reside en la calle Bustos Tavera número 18. Para esas fechas, Martín Astola ya había fallecido y convivían en el mismo hogar su viuda Agustina de Pablo y los hijos: María de los Reyes, Martín y Agustin, de 11, 10 y 8 años respectivamente. Todos los hijos habían nacido en Sevilla y estaban bautizados en la parroquia de Santa Catalina. Vivía con ellos la madre de Agustina y abuela de los niños, Antonia Maldonado de 65 años. La familia tiene una criada, Teresa Avecilla Recio, soltera de 19 años y natural de Jerez de la Frontera.

Del segundo de los hermanos, León Astola Merino, tenemos más datos biográficos.  Había nacido en Torrecilla en Cameros en 1851, tres años más joven que su hermano Martín, debió establecerse en Sevilla sobre 1867 contando los 16 años de edad. Cinco años más tarde, sorteado en Torrecilla en la quinta de 1872, la suerte le deparó su elección como soldado. Consta como redimido a metálico, circunstancia al alcance de muy pocas familias de Torrecilla en aquellos años dada la cantidad económica que había que desembolsar para esquivar el servicio militar. Esto nos puede dar muestra que su situación personal o familiar económicamente en Sevilla progresaba y podía permitirse ese desembolso económico.

En el Censo General de la Población de Sevilla de agosto de 1875 tenemos plenamente integrados a los hermanos Martín y León Astola Merino procedentes de Torrecilla en Cameros. Martín declara ser de 36 años, mientras León tiene 24. En ambos casos están solteros y se ejercitan como dependientes o sirvientes en el comercio.

Como debía ser habitual en la época, estos dependientes/aprendices del comercio solían alojarse junto a otros empleados o los dueños en sus viviendas en cuyos bajos estaba el local comercial. En el número 40 de la calle Francos, correspondiente a la Parroquia del Sagrario, tenía su establecimiento comercial Vicente Guzmán, natural de Zalamea el Real (Huelva), entre las personas que están bajo su responsabilidad habita Martín Astola Merino. En los números 3, 5 y 7 de la calle de Culebras (Sierpes), perteneciente a la parroquia de El Salvador, consta León Astola Merino junto a otros dependientes/sirvientes en el comercio regentado por Policarpo Sáenz y Francisca Torrent.

León Astola contrajo matrimonio sobre 1885 con Amparo Guardiola Moreno, natural de Sevilla y bautizada en la parroquia del Salvador. En el mencionado registro de empadronamiento de Sevilla de 1895 figura el matrimonio Astola-Guardiola residente en la Plaza Jáuregui nº 3 en una casa propiedad de su suegra Dolores Moreno, viuda que vive con la familia. Junto a ellos están los dos hijos que han tenido esos años, Antonio y Manuel Astola Guardiola, de 10 y 9 años de edad, nacidos en Sevilla y bautizados en San Juan de la Palma, ambos solteros y estudiantes.

En estos censos, León Astola figura de profesión propietario dedicado al comercio y sus hijos como estudiantes. Ambos aprovecharon estos estudios dedicándose Antonio Astola Guardiola a la carrera judicial, ejerciendo de juez en Sevilla, Cádiz y llegando a presidente de la Audiencia Provincial de Córdoba. Su hermano Manuel Astola Guardiola se encaminará a la medicina ejerció en diversas plazas ejerciendo en Aravaca entre comienzo de los años 20 hasta su fallecimiento en 1934.

Manuel Astola Guardiola

Pero la emigración torrecillana de esta rama de la familia Astola no termina con estos dos individuos. A Sevilla llegarán además de los hermanos León y Martín Astola Merino, dos de sus sobrinos, Víctor y Antonio, hijos de su hermano Pedro Astola Merino y su esposa Gabina González. Sirva el registro de empadronamiento de 1902 para ver su situación en la capital andaluza.

En la calle Alfonso el Sabio 11 y 13, se inscribe a Víctor Astola González de 33 años, nacido en Torrecilla en Cameros (Logroño), soltero, dependiente de profesión. Es uno más de los 14 dependientes al servicio del establecimiento que regentan Tomás Rodríguez y Pedro Duran, naturales de Badajoz.

En el mismo documento, en la parroquia de San Lorenzo, en el número 88 de la calle de El Palmar, vive la familia de Antonio Astola González de 35 años, natural de Torrecilla en Cameros (Logroño), casado con Julia Díaz de 32 años, natural de Sevilla. Dice ser comerciante y residente en Sevilla desde hace 24 años lo que nos sitúa la llegada de Antonio Astola  sobre 1878, a buen seguro llamado por alguno de sus tíos para aprender y seguir con los negocios familiares como era la costumbre.

Acabamos de ver como cuatro individuos, los hermanos León y Martín Astola Merino y sus sobrinos Víctor y Antonio Astola González recalaron en la segunda mitad del siglo XIX en Sevilla procedentes de Torrecilla en Cameros y como fundaron sus propias familias. Su descendencia nos justifica la presencia a día de hoy del apellido Astola en Sevilla y provincias limítrofes tal y como comenzamos la narración de este artículo con las cifras aportadas por el Instituto Nacional de Estadística.  Pero si este dato estadístico es curioso relacionado con Torrecilla en Cameros, no lo es menos la historia que vendrá a continuación.

Hoy en día disponemos de unas magníficas infraestructuras viales, ferroviarias o aeroportuarias con unos medios de transporte que nos posibilitan desplazarnos de una parte a otra del país en cuestión de pocas horas. No ocurría lo mismo a finales del s. XIX en lo que lo más avanzado que tenía España era una deficiente red ferroviaria dificultada por la orografía de la península y quizás accesible sólo a clases más pudientes económicamente. El trayecto entre Torrecilla y Sevilla podía demorarse varios días en función del transporte elegido. Es por ello que en muchos de estos individuos que optaban por la emigración, la más de las veces la vuelta al hogar de partida se dilataba en el tiempo. Los más pudientes, que se podían permitir ausentarse de sus ocupaciones, optaban por la vuelta año tras año en época estival tal y como lo hacemos en pleno siglo XXI. Para muchos otros, el tiempo y dinero invertido eran tales que  quizás no regresaran nunca.

Fuera cual fuera la situación de estos emigrantes torrecillanos, pronto se hacían un hueco en la tierra que los recibía, de lo que hay suficientes muestras a lo largo y ancho de la geografía española y americana, imbuyéndose en la cultura y tradiciones de las sociedades donde recalaban sin olvidar las de su tierra de origen. Podemos decir que pronto ponían en práctica aquel célebre refrán que dice “donde fueres haz lo que vieres”. Y vaya que si lo hicieron alguno de los descendientes de estos Astola torrecillanos. Nos toca hablar de una de estas familias que solventaron su emigración con más o menos fortuna y echaron raíces sevillanas. Nos centraremos en la familia de Antonio Astola González que a buen seguro no dejará indiferente a nadie.

Ya hemos visto unos pequeños datos biográficos de Antonio Astola González. Debió nacer en Torrecilla sobre 1866, recalando en Sevilla sobre 1878 cuando apenas contaba con 12 años de edad, y a buen seguro, en compañía de alguno de sus dos tíos, León o Martín, ya instalados años atrás y dedicados al comercio.

En 1894 se casa con Julia Díaz Fe, natural de Sevilla, de la parroquia de la Magdalena, hija de Francisco de Paula Díaz Hernández y Julia Fe Gámez. En el padrón de 1899 residen en el número 104 de la calle Feria. Antonio declara su profesión en el Comercio, regentando un establecimiento de tejidos. Para entonces, el matrimonio tiene 33 y 28 años respectivamente y dos hijos: Francisco y Julia de 4 y 3 años. Su situación debía ser favorable y como es costumbre en estos establecimientos comerciales, junto a ellos residen dos sirvientas y tres jóvenes dependientes

Tres años más tarde, en el padrón sevillano de 1902, han cambiado de domicilio al número 88 de la calle de Palmas en la parroquia de San Lorenzo. Esta vez, ya no hay sirvientes ni dependientes a su servicio pese a declarar nuevamente tener de oficio el Comercio.

Asentado en Sevilla, con establecimiento comercial propio y familia, mantiene los vínculos con su Torrecilla natal. Publica el diario La Rioja el 24 de julio de 1903 entre los veraneantes que van y vienen como “Salió para Sevilla, dejando en esta a su graciosa señora y agradables hijos, el comerciante de la capital de Andalucía don Antonio Astola, que se propone regresar a Torrecilla a principios del mes de septiembre”. Algún asunto requirió su presencia al frente de los negocios sevillanos. De vuelta a Torrecilla, el 13 de septiembre regresa a casa toda la familia: “Para Sevilla don Antonio Astola que con fortuna ejerce el comercio en aquella capital, con su agradable señora doña Julia Díaz y sus hijos” Por esos años nace el tercer hijo, Rafael.

En 1904 es elegido vicepresidente de la “Asociación de Dependientes” de Sevilla. Poco más hemos recopilado de la vida transcurriendo sin novedad dedicado al comercio y falleciendo en Sevilla a comienzos de 1920.

El siguiente árbol genealógico desarrolla la familia Astola-Merino en Torrecilla y las ramas familiares que se formaron en tierras sevillanas fruto de la emigración de cuatro de sus miembros.

Del matrimonio de Antonio Astola y Julia Díaz hemos mencionado levemente a tres de sus hijos: Francisco, Julia y Rafael Astola Díaz. En la segunda parte de este artículo entraremos en la vida de ellos, que a buen seguro sorprenderá al lector...

31 de mayo de 2021

La primera vacunación en Torrecilla en Cameros (1804)


En esta nueva entrada de torrecillacameros.blogspot.com no pretendemos hacer un extenso tratado sobre la salud pública en Torrecilla en Cameros a lo largo de los siglos, que bien daría para muchos y muy diversos temas y momentos. Podríamos hablar de epidemias, medidas sanitarias implementadas en cada caso, vida y obra de los profesionales médicos en cada momento o de los escasos, y muchas veces ineficaces medios sanitarios con los que contaba el Ayuntamiento de turno

Las diversas epidemias fueron en Torrecilla recurrentes como en el resto de localidades en cualquier época. Con anterioridad al siglo XVI es difícil precisar fechas y enfermedades por escasear las fuentes escritas y más aún, escasez de una medicina fiable que la mayoría de las veces daba ciertos nombres recurrentes a enfermedades diversas con similares síntomas. Así no faltan las veces que en los archivos se habla de la genérica peste cuando una epidemia azotaba alguna localidad. Recordemos que la célebre peste negra que a partir de 1347 y en apenas cinco años acabó con entre el 30 a 60% de la población europea según diversas fuentes, poco tenía que ver con otras pestes históricas. Sirva de ejemplo la denominada peste antonina que asoló el Imperio Romano de Marco Aurelio entre el 165-180 y que por la descripción de los síntomas que hizo el médico Galeno, bien pudiera ser viruela o sarampión. También la peste ateniense que en el apogeo de Atenas, acabó con su preponderancia y con la vida del mismo Pericles y que estudios recientes atribuyen a fiebre tifoidea.

Es a partir del siglo XVI cuando comienza a haber noticias escritas en los archivos torrecillanos sobre diversos episodios epidémicos. Sin duda la primer y mejor documentada es la peste de 1599-1600 que llegó como otras epidemias procedente de Francia a través de la ruta jacobea, fuente de tránsito de individuos, siendo las localidades más afectadas la del valle del Ebro. Durante años se sucederían episodios recurrentes de viruela, sarampión, tifus, cólera, gripe y muchas otras que a buen seguro no se identificaron correctamente o se atribuían  a alguna de las habituales de la zona.

Pero no vamos a hacer una disertación de cada una de ellas o como las afrontó la villa y sus gentes ya que como hemos dicho, no es ese el objeto de esta entrada. En la mayoría de las veces la ciencia médica y los recursos materiales eran nulos o escasos. Valga como ejemplo lo que se decía en el diario La Rioja el 5 de octubre de 1918 con motivo de la epidemia de gripe que asolaba el mundo por aquellas fechas: “Más que evitar el contagio, si bien no estará de más el aislamiento de las habitaciones, el aislamiento de enfermos y la desinfección de los locales públicos, dícese que es importante ponerse en disposición de soportar la enfermedad, lo que según recomiendan hoy, puede conseguirse con la sobriedad en la alimentación, la abstención o moderación en los placeres, el aireamiento y tranquilidad de ánimos. Con esto podrá el individuo, no preservarse del mal, sino de su gravedad mortífera”. Así que, la fortaleza personal y la mayor o menor fortuna, era la única medicina disponible.

En pleno siglo XXI pensábamos que el desarrollo científico-médico había llegado a su cumbre y que las epidemias de antaño eran cosa del pasado, pero la biología siempre nos sorprende. Inmersos como estamos en plena pandemia de Covid-19, nos sorprendió en un primer momento las medidas adoptadas en marzo de 2020 ante la incertidumbre que se abría. Palabras como confinamiento, distanciamiento social, prohibición de desplazamientos, cierres de municipios, nos sonaban como medidas drásticas, pero todas esas medidas no son nuevas. Durante siglos el aislamiento de enfermos en casas o en lazaretos extramuros, la prohibición de entrada en localidades de foráneos y hasta literalmente el tapiado de puertas en aquellas localidades que conservaban sus muralla medievales, fueron las medidas más usuales y que en gran medida no difieren mucho de las vistas en nuestros días. En este caso, estas medidas de distanciamiento han sido implementadas de otro modo y con la vista puesta en ganar tiempo confiando en que la ciencia hallase una vacuna y no simplemente en tratar de que el virus desaparezca naturalmente al no encontrar más huéspedes como antaño.

Y es este punto el que motiva este pequeño artículo que, arrancando a finales del siglo XVIII, pero sobre todo desde la segunda mitad del XX, diferencia la lucha contra muchas de estas enfermedades infecciosas: las vacunas.

A grandes rasgos, las vacunas no son más que una preparación dispuesta para inocularse en el paciente para generar una inmunidad adquirida frente a la enfermedad mediante la estimulación de la producción por el cuerpo receptor de los anticuerpos adecuados. De este modo, cuando el microorganismo causante de la enfermedad entra en el cuerpo éste se encuentra entrenado, preparado y dispuesto con los anticuerpos adecuados para identificarlo y derrotarlo. No vamos a hacer una disertación de tipos de vacunas y su funcionamiento, tan de moda estos días en los medios de comunicación.

Cuando, cómo y a quién se le ocurrió la idea de introducir algo en el cuerpo de un individuo sano para preparar su sistema inmunitario es difícil establecerlo existiendo varios antecedentes. Se comenta que en la China del siglo XV existía un procedimiento de insuflar nasalmente polvo de pústulas molidas de pacientes que habían pasado variantes leves de viruela. En la India se cubría a los niños con los ropajes de enfermos de viruela que estaban impregnadas de las secreciones de sus pústulas. En algunos lugares de África se practicaban incisiones en individuos sanos que se frotaban con la piel de los enfermos.

En 1721, la aristócrata, viajera y escritora inglesa Lady  Mary Montagu, informó a su regreso de uno de sus viajes que los turcos tenían la costumbre de inocularse con pus de la viruela. Pese a los inconvenientes y riesgos, pidió al doctor Charles Maitland que inoculase a su hija de dos años. Pese a no recibir buenas críticas el método fue extendiéndose y dándose a conocer entre los médicos.

El procedimiento consistía en practicar incisiones en la piel a una persona sana que nunca hubiera contraído la enfermedad a la que se le aplicaba el líquido de una pústula de viruela de otra persona levemente enferma o al final del proceso infeccioso. Esto por lo general conducía a un caso leve de viruela en el receptor que daría como resultado la protección de la persona contra la viruela por el resto de su vida. Desgraciadamente la técnica todavía no desarrollada científicamente a veces acababa con la vida del inoculado entre un 2-3% de los casos, pese a todo, muy por debajo del 20-30% de fallecimientos en los casos de viruela habitual.

Avanzaba el siglo XVIII con experimentos más o menos afortunados sobre la materia, siempre vinculados con la viruela por ser una de las peores y más frecuentes enfermedades que asolaban poblaciones enteras en episodios recurrentes. Sería el médico rural inglés Edward Jennner en 1796 el que definitivamente estableció las bases de la que ya podríamos denominar vacunación.

Edwar Jenner y la vacunación de un niño

En el medio rural existía una poco habitual variante de la viruela que afectaba al ganado vacuno menos virulenta que la humana. Sin embargo era contagiosa para los hombres a través del contacto con las pústulas en la piel de las vacas. Los granjeros y las recolectoras de leche que habían pasado la viruela vacuna pasaban una enfermedad leve y no se contagiaban con la variante humana.

Jenner tomó viruela bovina de la pústulas de la mano de la granjera Sarah Nelmes e inoculó el fluido mediante inyección en el brazo de un niño de ocho años, James Phipps que, como era de esperar, desarrolló infección de viruela bovina. Cuarenta y ocho días más tarde, después de que Phipps se hubiera recuperado completamente de la enfermedad, el doctor Jenner le inyectó al niño la viruela humana, sin que desarrollara síntomas de la enfermedad.​ Como la inoculación con la variante bovina era mucho más segura que la inoculación con viruela humana, que como hemos visto causaba entre un 2-3% de mortalidad en pacientes sanos, se prohibió esta última paulatinamente.

Pero quizás lo más innovador fue observar que los restos de este virus debilitado podía extraerse de nuevo, ya no de una vaca, sino del primer inoculado y transmitirlo a otros individuos en sucesivos procesos de vacunación. Obsérvese como con el transcurrir el tipo de ganado con el que habían partidos estos experimentos dio nombre a la sustancia, vacuna, y al proceso, vacunación.

El virus debilitado extraído de individuos enfermos tenía poca vida fuera del cuerpo así que se antojaba difícil su traslado a otras zonas para inocularlo en poblaciones distantes. Entre 1803 y 1806 se desarrolló, patrocinada por el propio rey Carlos VI, la denominada Real Expedición  Filantrópica de la Vacuna o también conocida como expedición Balmis, en honor del médico Francisco Javier Balmis que dirigía la expedición. El objetivo era que la nueva vacuna de la viruela alcanzase todos los rincones del imperio español en América y Filipinas. El cargamento, por denominarlos de alguna manera, eran 22 niños huérfanos y sanos en los que cada 8-10 días se pasaba el virus de uno a otro hasta llegar al destino. Pese a lo que pueda parecer  el trato con ellos debía ser exquisito dado lo valiosos que llevaban consigo. La expedición regreso a España cumpliendo sus objetivos. El propio Edward Jenner escribiría sobre ella: “No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este.”

Recomiendo al lector que tenga tiempo que escuche cualquiera de estos dos audios sobre esta expedición para comprobar cómo, pese a su ya declive político y económico, España seguía en los puestos de honor de la ciencia.

-          https://www.ivoox.com/77-balmis-la-expedicion-vacuna-audios-mp3_rf_67945845_1.html

-          https://www.ivoox.com/reedicion-43-la-operacion-balmis-expedicion-audios-mp3_rf_49063986_1.html

Y si la falta de tiempo lo impide, el siguiente vídeo resume muy bien todo lo expuesto anteriormente.

-          https://www.youtube.com/watch?v=52PgHf5CIjY

¿Pero este blog no está dedicado a temas históricos de Torrecilla en Cameros?

Así es, y el objeto de toda esta larga introducción es comprender el contenido de una breve carta escrita por el médico torrecillano Juan López un 10 de octubre de 1804 y que mientras no se demuestre lo contrario, es quizás el primer proceso de vacunación que se dio en Torrecilla en Cameros.

Apenas una década después de los primeros resultados de Jenner y a la par que se estaba desarrollando la expedición Balmis, este anónimo y pionero doctor escribía carta al Memorial Literario, publicación periódica de ciencias y artes, relatando su experiencia pionera en procesos de vacunación, esta vez con el virus del sarampión. La carta en si no da muchos detalles pero se entiende perfectamente tras la lectura de todo lo anterior.  

Pongamos en valor como estos primitivos médicos, de forma temeraria o calculada, con sus escasos medios, ponían en riesgo sus vidas y las de sus familiares en pos del avance científico y la salvaguarda de la vida de sus conciudadanos. Y sirva también para poner en valor como los actuales sanitarios siguen con su deber moral, poniendo su esfuerzo, salud y vidas al servicio de todos nosotros.

¡Cuidémonos! ¡Cuidémoslos!

MEMORIAL LITERARIO

BIBLIOTECA PERIÓDICA DE CIENCIAS Y ARTES

NÚM. XXX

Octubre, día 30 (Año 1805). Cuarto trimestre.

 

H I G I E N E

Sres. Editores del Memorial Literario.

Muy Señores míos: el recíproco amor y solicito cuidado con que cada uno de los
hombres se halla estrechamente obligado a procurar la felicidad de sus semejantes, me mueve a suplicar a Vmds, se sirvan insertar en su Periódico (si lo tuvieran a bien) la observación siguiente:

Habiéndose manifestado en este año una epidemia de sarampión maligno, del que han muerto algunos párvulos, y puesto en grave peligro a los restantes, deseoso de evitar estas catástrofes, y animado de la práctica del célebre Home, inoculé a un hijo mío, de edad de cuatro años, y a otros varios de esta vecindad, y no habiendo prendido el virus sarampioso más que en dicho mi hijo, y en otro de Don Pedro Sáez; correspondieron los efectos a mis deseos, pues lo pasaron con la mayor sencillez. Espero de su bondad publiquen este ejemplo, para que sirva de estímulo a otros profesores en tales casos, y para observar si por este medio se pueden lograr los felices efectos que se han logrado con el descubrimiento de la inoculación y vacunación de las viruelas naturales por ser en ciertas circunstancias tan desoladoras, como lo han sido las últimas.

Salud y respeto, y B. S. M.

Licdo. Dn. Juan López.

Torrecilla Cameros y Octubre l0 de 1804

14 de marzo de 2021

La industria del mueble en Torrecilla en Cameros (VII): "Sáenz de Tejada, Castells y Camps"

Habíamos dejado la narración del capítulo anterior haciendo notar que, la creencia extendida en Torrecilla sobre la fundación de la fábrica de muebles por Salcedo y Mocholí en 1924 distaba de ser cierta. Mencionamos como a lo largo de 1917 Alejandro Sáenz de Tejada Moreno y su familia, uno de los hombres más importantes económica y socialmente del valle medio del Iregua, se instalaron en Torrecilla procedentes de Nalda. Junto con su mujer, hermana y cuñado, era copropietario de la aldea y monte de Rivabellosa con más de 1.100 hectáreas. Era propietario además de diversas fincas rústicas y urbanas entre las que estaba la antigua fábrica de papel de La Huesera construida en 1839 y denominada en diversas escrituras  de los “Señores Sáenz de Tejada y Sorzano”.

No sabemos si ese traslado de residencia de Nalda a Torrecilla fue la causa o la consecuencia del negocio de aserrar madera que desarrollaba en el mencionado edificio de La Huesera en donde instalará dos sierras circulares. Pero alguien se podrá preguntar, cómo podemos afirmar tan rotundamente que, lo que hemos venido en denominar como Industria del mueble en Torrecilla en Cameros, nació en 1917 a partir de un simple aserradero para madera. En este capítulo vamos a dar respuesta a esa pregunta.

Será la primera de las tres partes en las que dividiremos ese transitar entre los años 1917 y 1924  para ver como este aserradero local se transformó, en un proceso nada sencillo, en una auténtica fábrica de los por entonces llamados muebles curvados. Descubriremos las tres sociedades que progresivamente van a ir aumentando en tamaño y capital hasta constituir una verdadera industria de fabricación de muebles.


VII. - "Sáenz de Tejada, Castells y Camps"


Ya vimos como a lo largo de 1917 Alejandro Sáenz de Tejada venía usando la vieja fábrica de papel de La Huesera como un pequeño aserradero de madera para dar salida a parte de la producción maderera procedente de Rivabellosa que gestionaba junto con su cuñado y suegro Francisco Castells García. No debía ser un negocio muy pretencioso más allá de la demanda local y comarcal, contando sólo con dos sierras circulares.

Llegado el momento se deciden a dar una mayor dimensión al negocio, formalizando ante notario la constitución de una sociedad mercantil en la que se integrará un tercer socio. El día 25 de octubre de 1917, ante el notario Antonio Alaminos García, comparecen los tres socios fundadores: Alejandro Sáenz de Tejada Moreno, casado, propietario y residente en Torrecilla; Francisco Castells García, suegro y cuñado del anterior, casado, propietario, Juez Municipal y también residente en Torrecilla; y Enrique Camps Gómez, casado, comerciante, vecino de Bilbao aunque residente temporal en Torrecilla. De Alejandro Sáenz de Tejada y Francisco Castells ya dimos unas breves pinceladas biográficas en capítulos precedentes, pero el tercero de ellos, Enrique Camps, nos es todavía un desconocido en gran medida. Veremos como a nuestro juicio, y en base a los pocos datos recopilados, pudo ser el gran ideólogo de todos estos negocios.

Constitución de la sociedad "Sáenz de Tejada, Castells y Camps" (Firmas, 1917)

Antes de profundizar en este nuevo negocio que estaba próximo a iniciarse, regresemos a la Estadística Industrial de la Provincia de Logroño de 1915 mencionada en el capítulo anterior.  En dicha estadística se anota que venían funcionando hasta diez aserraderos de madera en años anteriores en localidades cercanas como Villanueva, Ortigosa y Villoslada. En estas tres localidades y sus aserraderos, coinciden dos factores que no se habían dado, o más bien no se habían tenido en consideración en Torrecilla hasta el momento. Por un lado una mayor abundancia de superficie arbolada, sobre todo de especies susceptibles de aprovechamiento maderero como haya o roble. Por el otro, el empleo de la fuerza motriz de los cauces fluviales que pasan por estos municipios para el accionamiento mecánico de las sierras y demás maquinaria, necesaria cuando el uso de la electricidad estaba todavía en sus primeros momentos de desarrollo.

En cuanto a la abundancia forestal, el término municipal torrecillano no muy extenso para la importante población de la villa por esos años, debía sufrir en general una fuerte presión por el uso de su suelo y en particular sus escasos recursos forestales. Una vista al cuadro que acompaña nos muestra como en 1915 la densidad de población en Torrecilla duplicaba al siguiente municipio que era Ortigosa y era casi diez veces la de Villoslada o el vecino Nestares. Obviamente existirían fincas de cultivo particulares ubicadas en términos municipales limítrofes, pero al objeto que nos ocupa, hay que recordar que la mayoría de los montes de donde se extraía la leña para los hogares eran del común del municipio, como Espinedo y Serradero en el caso de Torrecilla, siendo gestionados por los respectivos Ayuntamientos, a los cuales por tanto, sólo tenían acceso los habitantes de cada uno de ellos. De este modo, localidades con términos municipales no muy extensos y con escasas masas forestales sufrían una mayor presión de sus habitantes por esos escasos recursos, mientras que otras de menor población y mayor extensión forestal como las del alto Iregua, disfrutaban de una mayor superficie forestal per cápita.

La subsistencia no sólo de Torrecilla, sino de cualquier población del momento, pasaba por la necesaria roturación de terrenos para el uso agrícola y ganadero. Pero la roturación de tierras es difícilmente compatible con el tercer uso de la tierra, el aprovechamiento de sus recursos forestales. La madera, el carbón elaborada con ella y hasta el último zatorro, se antojaban útiles como el necesario combustible de los hogares domésticos que debían permanecer encendidos prácticamente durante todo el día cómo único medio de elaboración de los alimentos y precario sistema de calefacción en los largos meses invernales. En torno a 400 viviendas consumiendo diariamente kilos y kilos de leña, lentamente reemplazables por la propia naturaleza, nos puede dar idea de la importancia de este bien y de la necesaria buena gestión que de los  montes públicos debía hacer el Ayuntamiento.

Seguro que en la memoria de cada uno estará alguna de las historias que padres o abuelos nos contaban como, una de las rutinas cotidianas era salir en busca de cualquier bien que pudiese servir de combustible para encender el fuego del hogar familiar, sin importar el tiempo invertido en ello ni la distancia a recorrer por muy escasa que fuese la recompensa.

Si pudiésemos asomarnos por una ventana y ver el paisaje de Torrecilla hace un siglo, nos sorprenderíamos si lo comparásemos con la actualidad. Muchos de los frondosos bosques que vemos hoy en día son consecuencia de repoblaciones llevadas a cabo a lo largo del siglo XX, como por ejemplo la que se produjo a partir de 1942 en Espinedo y Serradero tras el acuerdo suscrito por el Ayuntamiento y el servicio estatal de montes del Estado. A ello se suma el abandono del medio rural por sus habitantes desde los años 60 del siglo XX que ha borrado del paisaje gran parte de aquellas antiguas parcelas abancaladas que sobre las faldas de los montes aprovechaban los pequeños agricultores.

Son estos dos montes comunales mencionados, el primero privativo de Torrecilla y el segundo mancomunado con Nestares, los que contenían las mayores masas forestales del momento y los que aparecen habitualmente en la documentación municipal. Sirva de ejemplo de la importancia del monte Serradero o Moncalvillo, ambas denominaciones se simultanean en la documentación, el que se plantean desde muy antiguo pleitos por delimitar claramente los términos municipales con los municipios vecinos y el uso de sus recursos. El de 1483 entre Torrecilla, Nestares, Castroviejo y Rivabellosa, o el de 1559 que se dilucida pleito entre Pedroso, Torrecilla y Nestares, pueden ser dos ejemplos de ello.

Era una riqueza que debía ser protegida mediante unas ordenanzas de montes y la designación de guardas pagados por el Ayuntamiento torrecillano, o Torrecilla y Nestares como congozantes en el caso de Serradero. Abundan en el Archivo Municipal los expedientes de denuncias por infracciones de estas ordenanzas de montes, lo que muestra que pese al miedo a las multas la necesidad debía compensarlo.

Las solicitudes de corta de árboles eran dirigidas al consistorio por los particulares, cuando no, la mayoría de las veces eran enajenaciones del propio Ayuntamiento para hacer frente a pagos o deudas. Así en 1837 la Diputación concede permiso para la venta de los sotos de la Dehesa de Serradero para uniformar la Milicia Nacional, o nuevamente en 1854, esta vez la Dehesa de Espinedo para el mismo fin. Pero no vamos a entrar aquí en la gestión de los montes torrecillanos por ser un tema demasiado extenso y ajeno al que nos ocupa.

Otro problema que arrastraba Torrecilla con el uso del suelo y por lo tanto la escasez de monte forestal era el uso extensivo de sus términos por la preeminente ganadería trashumante. El Catastro de Ensenada en 1752 señala como había en Torrecilla hasta 13.000 cabezas de ganado lanar trashumante. La decadencia de la manufactura textil se vio acompañada por la caída de los rebaños debida a esta crisis productora y a las dificultades que las continuas guerras de comienzos del XIX supusieron para los ganaderos. En 1821 Mariano Antonio Manso de Velasco, el mayor ganadero de la localidad, liquida su ganadería trashumante de más de 5.000 cabezas. Ese hueco lo llenará en 1834 la ganadería de Isidro Fraile de Tejada, pero a partir de ese momento será un continuo descenso hasta su completa desaparición.

Esa primacía desde antaño del uso ganadero de la tierra para pastos fue tornándose poco a poco hacia la agricultura durante el siglo XIX, surgiendo los conflictos entre los pocos ganaderos que quedaban, y los cada vez más pequeños agricultores, que abandonados los oficios textiles se volcaban en la tierra como fuente de sustento. De esta pugna entre agricultores y ganaderos son muestra varios expedientes municipales como los de 1779, 1850 ó 1862, para el reconocimiento y apeo de pasadas, cañadas, cordeles y demás servidumbres a instancia de ganaderos ante el intrusismo de propietarios que roturan ilegalmente estos bienes.

Junto a estas roturaciones ilegales, estaban las que se hacían por enajenación de terrenos municipales acuciadas las arcas municipales por las continuas dificultades económicas. Si bien era un mal recurrente, la situación se agravó en extremo a raíz de la Guerra de la Independencia. Ejércitos de ambos bandos de paso exigiendo su manutención en especie y en metálico hicieron endeudarse todavía más al municipio. En 1810 se subastaban además de las casas de la botica, la Ventilla, la tienda, la alhóndiga o la escuela, en el término de El Bergal, 120 fanegas y 82 árboles. El precio del remate fue superior al de tasación lo que puede mostrar la necesidad de terreno cultivable que había por esos años.

El aprovechamiento de los cauces fluviales, el segundo aspecto que condiciona la no instalación de industrias de transformación de la madera en Torrecilla hasta esas fechas, había estado copado casi en exclusiva por su importante industria textil durante todo el siglo XIX. Lavadero de lanas, tintes, batanes, cardadoras o telares, sobre todo a partir de la mecanización iniciada sobre 1830, salpicaban los márgenes de los ríos Iregua, San Pedro y Campillo. Si a ellos sumamos los tres molinos harineros, los dos molinos papeleros y el necesario riego de huertos y fincas, tenemos una fuerte presión sobre los recursos hídricos que dejan poco margen para otros aprovechamientos.

Abundan en el Archivo Municipal y judicial referencias a pleitos entre particulares por el aprovechamiento de estos recursos hídricos en cuanto a su cantidad, antigüedad de derechos, preeminencia por la posición o instalación de nuevas construcciones que habían de usarlos. Estos pleitos se dan sobre todo en los años centrales del siglo XIX, siendo a en los años finales la situación totalmente distinta. La industria textil estaba prácticamente desaparecida, los molinos papeleros cerrados, y tan sólo los molinos de harina y las primitivas instalaciones eléctricas usaban en exclusiva el río Iregua. Entrando en el siglo XX, la presión ha disminuido de tal forma que tan sólo el necesario riego de huertos y fincas, los molinos harineros y la producción de electricidad explotan los cauces fluviales a su paso por Torrecilla.

De igual modo, otro aspecto en favor de ciertos municipios junto con la mayor extensión de su jurisdicción está la naturaleza de sus masas forestales. Hayas y robles, las especies más valoradas para la transformación y venta, necesitan suelos húmedos y precipitaciones abundantes, y aunque esto no es impedimento en Torrecilla, no abundaban a comienzos de siglo principalmente por todo lo comentado anteriormente.

Además de por otras posibles causas, es fundamentalmente por todos estos factores por los que creemos que no surgió en Torrecilla hasta la fecha que nos encontramos de 1917 negocios similares a los que venían funcionando en otros municipios próximos. En este nuevo negocio, el suministro de madera no era un problema para los propietarios ni para la villa y sus habitantes ya que procederá de Rivabellosa, un monte privativo de la familia Sáenz de Tejada.

Sin embargo, podemos dejar constancia de quizás un precursor que hizo una breve introducción en el negocio maderero. Se trataba del gran emprendedor torrecillano Doroteo Romero que entre sus múltiples negocios como fabricante de caramelos, bizcochos, chocolates, cal hidráulica o propietario de la central eléctrica, tuvo tiempo para dedicarse a la venta de madera aserrada tal y como relata una serie de anuncios publicados en La Rioja a finales de 1901. Dado que no aparece en la Matricula Industrial municipal de esos años como tal, no tenemos constancia de que fuese un productor sino más bien un simple comercializador de productos en ese momento puntual de su vida.

La Rioja, 22 de noviembre de 1901

El siguiente cuadro recoge los diez establecimientos de transformación de madera o aserraderos que funcionaban en la zona según la estadística industrial de 1915.

Esta estadística incompleta no recoge todos los municipios cameranos, aunque la podemos completar con el también mencionado Anuario de la Provincia de Logroño del mismo año. Sin irnos a localidades próximas de los valles del Leza o Najerilla, por ejemplo en Lumbreras, había otros dos establecimientos de aserrar maderas, el de Deogracias Martínez y Cecilio Muro que no constan en la primera publicación.

Mencionamos brevemente el establecimiento de Santos González en Villanueva de Cameros que seguirá un proceso similar al caso que nos ocupa. El primitivo aserradero se convertirá paulatinamente en una fábrica de muebles pasado por periodos intermedios de fabricación de diversos productos en madera.  Así en la exposición regional de 1897 presenta envases de madera para dulces y mantequillas, va cambiando de productos hasta especializarse en sillas y tresillos, permaneciendo en funcionamiento hasta 1981.


Veamos cómo fue el proceso de formación de este nuevo negocio maderero en Torrecilla en Cameros que acababa de nacer aquel 1917. En la escritura de constitución declaran: “tener convenido desde hace tiempo constituirse en Compañía Mercantil Regular Colectiva bajo determinados pactos para la explotación forestal al objeto de dedicarse al negocio de la madera para aserrarla y venderla en las distintas plazas”. Fijan la denominación social como “Sáenz de Tejada, Castells y Camps”, el domicilio de la empresa en Torrecilla y un capital social inicial de 25.000 pesetas aportadas por partes iguales por los dos socios capitalistas Alejandro Sáenz de Tejada y su cuñado Francisco Castells García. Pero, además de por la materia prima disponible en las tierras de su propiedad, ¿por qué se decidieron por un aserradero de madera, como hemos visto, negocio poco conocido hasta la fecha en Torrecilla en Cameros?

Se estipula que la compañía recién constituida habría de tener duración indeterminada mientras durase la corta en el monte Coto Redondo de Rivabellosa de los hayedos existentes superiores a 15 centímetros de diámetro a 1 metro de altura del suelo. Recordemos que el monte era propiedad íntegra de los dos socios principales y sus esposas por herencia paterna y por compra a sus primos del resto en febrero de ese mismo año.

En cuanto a la toma de decisiones, Alejandro Sáenz de Tejada asume la administración, dirección y gerencia de la empresa, y en su ausencia o enfermedad, lo haría el otro socio capitalista, dando así muestra de quién será el principal impulsor de este y futuros negocios. Por su parte, Enrique Camps, solamente actuaría como socio industrial del negocio en el que parece ya tenía cierta experiencia por lo que se estipula: “aportará a la compañía su trabajo personal, conocimientos y aptitud en el negocio que aquellos se proponen explotar, ofreciendo emplearlos exclusivamente en beneficio de la compañía con dedicación exclusiva a ella”.

En cuanto al funcionamiento ordinario, fijan que cada socio disponga de 3.000 pesetas anuales para gastos, siendo por cuenta de la empresa el alquiler de la fábrica, los jornales, suministro eléctrico y demás gastos ordinarios de funcionamiento.

Se preveía a 31 de diciembre de cada año hacer un inventario y balance general del estado económico de la compañía. Si de dicho balance se desprendían pérdidas, éstas serían afrontadas por los dos socios capitalistas que estarían facultados para acordar la disolución de la sociedad. Por el contrario, si había beneficios, estos se repartirían por terceras partes iguales entre los tres socios siempre y cuando superasen las 60.000 pesetas. Si no se llegaba a ese beneficio de 60.000 pesetas, de cualquier modo, Enrique Camps percibiría 20.000 pesetas.

Se puede pensar que a Enrique Camps, socio industrial al que parece se le había conferido la faceta comercial del negocio, se le aseguraba un mínimo fijo con independencia de los beneficios obtenidos y una situación de ventaja frente a sus socios que exponían su capital en caso de fracaso. Pero otras de las cláusulas de la constitución de la Sociedad indica que no se podrían repartir beneficios hasta que no se hubiese cubierto el capital social aportado (25.000 pesetas), los gastos de gestión descritos  como el alquiler de la fábrica, entre otros, y 300.000 pesetas en concepto de madera (la mitad para cada uno de los socios capitalistas). De este modo, Alejandro Sáenz de Tejada y Francisco Castells se aseguraban antes de repartir beneficios con el tercer socio, que sólo aportaba experiencia y nulo capital, un fijo de 150.000 pesetas cada uno por el suministro de la madera de su monte de Rivabellosa. Además, Alejandro Sáenz de Tejada obtenía otra suma anual por el alquiler de la fábrica de la que era propietario.

Con independencia de la mayor o menor prosperidad del negocio, los cuñados y socios capitalistas ponían en valor la fábrica de La Huesera y el monte de Rivabellosa tratando de rentabilizar así su patrimonio. Veremos como esta venta de la madera de Rivabellosa y el alquiler de la fábrica de La Huesera se repetirán en las siguientes sociedades que se constituyan en años venideros, manteniendo Alejandro Sáenz de Tejada y sus herederos la propiedad del edifico hasta el traslado y cierre de la empresa en 1969, siendo quizás este, uno de los puntos fundamentales sobre el que giró la toma de esa decisión.

Del desenvolvimiento del negocio en esos primeros meses en funcionamiento no hay datos concretos. La inversión realizada no debió ser muy costosa siendo tan sólo las dos sierras circulares de 74 y 60 centímetros de diámetro para el aserrado de troncos ya mencionadas y alguna que otra herramienta manual. A mediados de 1919 la empresa publica varios anuncios en el diario La Rioja en el que se publicitan piezas para arados y “cuantas piezas se deseen para la agricultura”, en lo que parece un paso hacia la elaboración de productos y conversión en un pequeño taller de carpintería.

La Rioja, 10 de julio de 1918

Partes de un arado

Sin embargo, la ausencia de la empresa en la Matrícula Industrial de 1919 y 1920 nos puede indicar que el negocio no debió prosperar y estaba ya sin actividad al poco de su constitución. Recordemos las dificultades que atravesó la villa, la provincia y España en general ese otoño e invierno entre 1918 y 1919 con motivo de la epidemia de gripe vista en el número 138 de El Serradero y la existencia en la zona de otros aserraderos con mayor experiencia y clientela consolidada.

Por supuesto además del negocio que daba sus primeros pasos, todavía los dos socios principales Alejandro Sáenz de Tejada y Francisco Castells seguían explotando el monte de Rivabellosa como en tiempos precedentes. Vendían lotes de leña al mejor postor y junto a ello la tradicional elaboración y venta de carbón tal y como publicita La Rioja en anuncios como los que acompañan.

La Rioja, 2 de diciembre de 1917

La Rioja, 21 de febrero de 1919

Poco más sabemos del devenir de este negocio poco rentable para los socios, que ausente de la Matrícula Industrial de 1918 y 1919 nos indica un temprano cierre. Durante ese año de 1919, de forma planificada o visto la poca rentabilidad del negocio, debieron tomar la decisión más importante y arriesgada. En Torrecilla, como en cualquier localidad de su tamaño, existían pequeños talleres carpinteros orientados al abastecimiento de rudimentarios muebles para satisfacer las necesidades locales y comarcales, incluso la fábrica de sillas y tresillos de Santos González en Villanueva, pero nada se parecía a lo que estaba en la mente de Alejandro Sáenz de Tejada y sus socios. Se decidió la transformación integral del precario aserradero y taller de carpintería en una nueva, completa y gran industria para la elaboración de muebles curvados desconocida hasta la fecha en el lugar.