Un repaso a la historia, vida y tradiciones de nuestros antepasados.

15 de noviembre de 2020

José Luis Tejada Sorzano: un Presidente con ascendencia en Torrecilla en Cameros

Dentro de los flujos migratorios que desde Torrecilla en Cameros partieron en diversos periodos hacia América se encontraban a mediados del siglo XVIII dos miembros de dos de las familias con mas raigambre en la historia de Torrecilla: Sáenz de Tejada y Ruiz de Sorzano. 

Asentados en el antiguo Virreinato del Perú, lograron prosperidad económica y social, afianzando lazos y confluyendo sus familias. Esta es la historia de su descendencia en tierras americanas...


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14 de septiembre de 2020

La industria del mueble en Torrecilla en Cameros (V): 1917

 
En el último artículo de esta serie, tratábamos sobre el edificio de La Huesera, uno de los dos pilares fundamentales sobre los que se originó la industria del mueble en Torrecilla en Cameros. Vimos como se construyó para albergar una fábrica de papel sobre 1839 y su devenir hasta quedar casi abandonado a finales del XIX.
 
Cada uno de los artículos tratados hasta la fecha, especialmente los dos últimos relativos a las bases de la industria que nos ocupa, han tenido un punto y aparte en torno a una fecha concreta: 1917.
 

La importancia que 1917 supuso en la historia que estamos contando la veremos con detalle en el sexto capítulo. Previamente, creo conveniente hacer un alto en el camino y detenernos un momento para ver el pueblo de Torrecilla en Cameros ese año desde el punto de vista humano que nos puede hacer comprender cual era el punto de partida para poder comparlo con años venideros con el negocio ya funcionando.

Como en ocasiones anteriores, para el que quiera refrescar datos o hacer una lectura continuada desde el comienzo, se adjuntan los enlaces de cada artículo:
 
 
V. - Torrecilla en Cameros: 1917

Con anterioridad hemos visto una población en franco retroceso demográfico debido a la emigración americana e inmersa en una crisis económica con una agricultura y ganadería casi de subsistencia. Vimos como la antaño pujante industria textil serrana no había sabido adaptarse a los cambios acaecidos y había perdido su particular batalla con otras zonas peninsulares, especialmente Cataluña.

A nivel provincial, también se había librado y perdido otra batalla. Desde la creación de la Provincia de Logroño en 1833, las políticas regionales llevadas a cabo por la joven Diputación Provincial, habían primado la agricultura y sus industrias derivadas en el valle del Ebro frente a la ganadería tradicional de la sierra. Recordemos que la creación de la provincia de Logroño fue una reivindicación originaria de entes como la Real  Sociedad Económica de Cosecheros de la Rioja Castellana formada a iniciativa de productores y elaboradores vitivinícolas del valle para dar respuesta a las necesidades de dar salida a sus productos hacia los mercados del norte mediante la construcción de viales, puentes y demás infraestructuras.

Para dar valor a estas afirmaciones y hacernos una idea clara de la situación de partida del negocio que nos ocupa, además de las palabras de Sagasta en 1884, haciendo notar el silencio de su Torrecilla natal al encontrar desiertos los corrales y cerradas la mayoría de las antaño bulliciosas fábricas de paños de su infancia, nada mejor que escucharlo de primera mano en boca de los contemporáneos. Podemos repasar brevemente lo que decían dos publicaciones editadas en aquellos años en los que se inicia la industria de la madera en Torrecilla.

En el Anuario de la Provincia de Logroño del año 1915 editado en Logroño por Hijos de Alesón-El Riojano se describía Torrecilla del siguiente modo:

 

”La villa de Torrecilla ha sido hasta época reciente población importante y riquísima, pero la decadencia de su antigua y floreciente industria ha detenido en gran parte su desarrollo, manteniéndola en estado estacionario, que es de esperar termine pronto para dar lugar al renacimiento de su antigua vida.

 

Tiene 1.182 habitantes de hecho y 1.257 de derecho. Las condiciones del terreno lo hace poco apto para el desarrollo de la agricultura, pues es montuoso en su mayor parte, produciendo cereales, legumbres y buenos pastos, que aprovecha numerosa ganadería. La industria es poco considerable y el comercio está reducido a la venta de los productos agrícolas y a la del ganado lanar y cabrío.”

En términos similares se expresa Luis Mahave Zarzosa en 1917, autor de la Geografía de La Rioja  y editada en la imprenta de Santos Ochoa en Logroño:

 

“Villa con 1.182 habitantes, situada en las márgenes del Iregua y cruzada por la carretera general de Soria a Logroño. El aspecto general de esta región es montuoso, por lo que es poco apropiado para la agricultura; pero, sin embargo, produce algunas cantidades de cereales, legumbres y especialmente muy buenos pastos, con los que alimentar mucho ganado, particularmente el lanar, que es lo que constituye la riqueza de este país.

 

La industria se encuentra muy decaída, existiendo alguna fábrica de chocolates y embutidos. El comercio, en su importación como en exportación es casi nulo, limitándose a la venta de los productos agrícolas  e industriales y a la compra y venta de ganado lanar y cabrío.”

Sin duda, los anteriores extractos literales reiteran en el declive de la antigua pujanza industrial, junto con el fenómeno migratorio mencionado, que por esas fechas estaba en un momento de pausa debido a la guerra mundial, son un buen resumen del estado del municipio esos años.

Esa situación de declive industrial en la economía de la villa se puede comprobar observando los datos que aporta el anuario de Estadística Industrial de la Provincia de Logroño de 1915 para ver la mínima influencia de la que, con muchas comillas y reparos, podríamos definir como industria en la segunda década del siglo XX.

 

Son 41 personas, 25 hombres y 16 mujeres, las que se emplean en lo que esta estadística provincial encuadra como trabajo industrial en alguno de los ocho negocios enumerados. Para esos 1.182 vecinos con lo que contaba Torrecilla en 1915, se trata de un porcentaje ínfimo.

Otros tres datos podemos sacar de esta estadística: todos estos negocios se situaban cerca de los cauces fluviales para aprovechar su fuerza motriz en el movimiento de sus artefactos, la discriminación salarial entre hombres y mujeres, y la jornada laboral entre 10 y 11 horas.

Otro dato relevante pudiera ser comparar como se encuadra el trabajo industrial en Torrecilla con relación al resto de localidades de población similar que incluye esta Estadística Industrial de la Provincia de Logroño de 1915. Pero vamos a obviar esta compasión por no creer justo la equiparación con poblaciones con contextos históricos, geográficos, sociales y económicos distintos.

Si puede ser más justo y relevante echar un vistazo a las localidades próximas que formaban parte de su Partido Judicial, que aunque con distinto número de habitantes, con las que compartía en gran medida todos esos factores mencionados históricos, geográficos o sociales. El siguiente cuadro nos muestra un resumen del empleo industrial en las ocho villas de Los Cameros que incluye esta publicación aquel 1915 ordenadas por la cantidad de empleos industriales disponibles.

Esta estadística contabiliza 44 centros industriales en las 8 localidades que incluye empleando a un total de 312 personas con más del doble de hombres que mujeres.

Salta a la vista que Torrecilla, pese a ser la cabeza del Partido Judicial, no es la que más empleo industrial tiene. Ese lugar lo ocupa Ortigosa que mantiene todavía la pujanza de la industria de lana y paños que para esas fechas ya se ha extinguido en Torrecilla. Las dos fábricas de paños de Sucesores de Gabriel de La Riva y Navarrete Hermanos se mantienen abiertas y emplean a 115 personas (70 hombres y 45 mujeres).

En Villanueva se registran cuatro aserraderos de madera que emplean a 41 trabajadores y, aunque de menor dimensión, en Villoslada también existen otros cuatro aserraderos de madera. El pueblo de Soto también ha perdido la pujanza pañera de antaño y las pocas instalaciones dedicadas al mazapán y molinos de harina ocupan a 25 personas. En la vecina Nestares hay dos instalaciones, una de las cuales es el molino de cal del torrecillano Tomás Martínez, que emplea a 17 hombres.

 


Por todo ello, podemos dar por bueno las afirmaciones de las dos publicaciones mencionadas en las que textualmente se decía de Torrecilla que la floreciente industria ha detenido en gran parte su desarrollo, o que, la  industria se encuentra muy decaída. Afirmación que bien se podía extender a la antigua industria pañera en la práctica totalidad de Los Cameros, que salvo en el caso de Ortigosa, ya ha desaparecido.

Pero, ¿a qué se dedicaba el resto de la población? Obviaremos el trabajo infantil, pues hasta los doce años los niños y niñas debían acudir a la escuela y no podían legalmente ejercer un trabajo remunerado, aunque mucho nos tememos que no era el caso en la mayoría de familias necesitadas. Del mismo modo, la mayoría de las mujeres se encontraban arrinconadas en el hogar dedicadas a las labores domésticas, cuidado de los niños y animales.

La mayoría de la población se dedicaba a tareas agrícolas y ganaderas trabajando sus propias tierras y escaso ganado familiar o vendiendo su jornal como bracero o pastor a los escasos grandes propietarios. Dadas las características del terreno, y la presión demográfica de una población importante en número, no nos equivocamos mucho si afirmamos que en la mayoría de las veces estas actividades serían casi de subsistencia.

Aunque la situación difiera algo con respecto a 1917, principalmente por la desaparición definitiva de la industria pañera, valga esta estadística de 1890 para ver las profesiones de los 342 cabezas de familia en Torrecilla:

 
Como vemos en la estadística de 1890, no todo es industria o agricultura. Otro motor económico esencial son los servicios, más si tenemos en cuenta los años en que nos movemos y el prácticamente autoabastecimiento local de muchos bienes y actividades. Aunque no requieren de mucha mano de obra, son necesarios para la vida cotidiana de una localidad en 1917 y muchos de ellos se concentran en manos de las mismas personas.

Así por ejemplo, había cuatro tiendas de abacería o quincallería en las que se vendía de todo un poco: la de José Gutiez Gutiez, Juan Sorzano Ibarra, Tomás Martínez Lerdo y Daniel Ruiz Aduna. Cuatro bodegones propiedad de los hermanos Juan y Saturnino Sorzano Ibarra, Pablo Sáenz-López e Ildefonso Ruiz Martínez junto con los cafés del Círculo Católico de Obreros y el Casino Torrecillano que servían de punto de encuentro social y ocio, principalmente masculino.

Respecto a la alimentación, Miguel Barrutieta Murrieta y Manuel Romero Torres abastecían con sus carnicerías al pueblo. Torrecilla contaba con las dos panaderías de Tomás Martínez Lerdo y Celedonio Miró Ripollés, y dos hornos de los afamados bizcochos torrecillanos, el de Daniel Ruiz Aduna y el de Venancio Moreno Blasco. Panaderías y hornos se obtenían de la harina elaborada por los molinos ya mencionados de la familia Córdoba y la viuda de Isidoro Gil.

Cinco vecinos pagaban impuesto por el denominado carro amillarado, es decir, disponían de un carro, galera o dispositivo similar de tracción animal para el transporte de mercancías. Eran, Manuel Gáñez Miguel, Juan Sorzano Ibarra y su hermano Pedro, Ildefonso Ruiz Martínez y Simón Soba Sáenz-López. El estanco estaba regentado por Valentín Íñiguez. En el aspecto lúdico-medicinal y de veraneo, existían los baños de Rivalosbaños inscritos por entonces a nombre de Mercedes Nestares Ruiz y la casa de huéspedes de Concepción López.

Por supuesto existía una amplia gama de profesiones especializadas para dar servicio al pueblo y sus alrededores: carpinteros, albañiles, hojalatero, herrero, telegrafista; y otros para satisfacer las necesidades espirituales: sacerdote, coadjutores y sacristán. El zapatero Domingo Montes García y el alpargatero Emeterio Eguíluz, proveían de calzado.

 


El ser cabeza de su Partido Judicial permitía disponer de ciertas profesiones con remuneración pública total o parcialmente, en la mayoría de las ocasiones ocupadas por foráneos unas veces de paso en Torrecilla y otras echando raíces y familia. Estaba la farmacia de Vicente Blanco Barahona, el practicante y barbero José Lorenzo Más, el veterinario Canuto García Serrano, la notaría de Antonio Alaminos García, el juez municipal Francisco Castells García o el secretario Emilio Ayarza González. También residían en la villa los miembros del Juzgado de 1ª Instancia, el cuerpo de la Guardia Civil, el registrador de la propiedad y el personal de la cárcel del partido. El maestro de chicos era Ángel Navarro y de chicas, Ángeles Cotrina; aunque ambos partirían a nuevos destinos ese mismo año.

Existía servicio diario de automóviles y carruajes de Logroño a Villanueva con parada en Torrecilla a cargo de la compañia La Hispano Riojana. Desde Villoslada salía el coche a las 5 de la mañana para regresar desde el Café del Comercio de Logroño a las 13:30. El trayecto desde la capital provincial a Torrecilla costaba 1 peseta.

El suministro eléctrico de la villa, en exclusiva dedicado al alumbrado tanto público como privado, correspondía a la central hidroeléctrica de Barruelo propiedad de la compañía Romero y Ochoa que por esos años tenía instalada una turbina capaz de producir 16 kW de potencia. Fundada por el emprendedor torrecillano Doroteo Romero Palacio y el hermano de su cuñado, el logroñés Félix Ochoa Ulecia, inició su andadura en 1896. En 1915 acababa de asumir la parte del negocio familiar, Ricardo Romero Cabezón, tras la muerte de su padre dos años antes. Pronto dejará de tener el monopolio del novedoso negocio de la generación eléctrica al surgir como competidor la central que crearán los fundadores de la fábrica de muebles en el salto de agua de San Lázaro-La Huesera.

No nos vamos a extender más en describir como era Torrecilla en Cameros y sus gentes en 1917 más allá de los datos aquí expuestos. Cómo se cerró el círculo de los orígnes de la industria maderera ese año, será objeto del siguiente capítulo.


David Pardo García

pardodavid77@yahoo.es

 



 

20 de junio de 2020

Una de romanos en Torrecilla

Si hay algo íntimamente ligado a Torrecilla en Cameros es su Cueva Lóbrega. Sin duda el paraje en donde se enclava, su tamaño, la mayor o menor importancia de sus formaciones geológicas, o su indudable atractivo turístico para los amantes de la espeleología, son una buena e ineludible excusa para la oportuna visita. Pero hay otro aspecto que la liga de forma todavía más fuerte con Torrecilla y sus gentes, su ocupación como hábitat por aquellos primitivos cazadores y recolectores que poblaban y sobrevivían a su resguardo.

Serán los descendientes de estos primitivos cameranos los que, con el transcurrir de los siglos, abandonarán la protección natural de esta y otras cuevas en las escarpadas paredes calizas y se irán asentando en las riberas del Iregua dando paso a las primitivas villas. Este cambio que duraría siglos es estudiado por arqueólogos e historiadores con la ayuda de los restos materiales que estos hombres de edades pretéritas dejaron en sus primitivas moradas.

La cueva debió estar presente en el día a día de los habitantes de Torrecilla desde los primeros momentos de la villa. Fue refugio ocasional o temporal de ganados, pastores y transeúntes, entre los que no debieron faltar gentes de mala vida que encontraban cobijo fuera de los ojos de las justicias locales.

Con el movimiento de la Ilustración del XVIII se comenzó a ver la naturaleza con otros ojos más allá de una fuente de recursos. La exploración, los descubrimientos, la catalogación de especies, se empezaron a hacer de forma más rigurosa y metódica. Entre estos primitivos científicos no faltaban los aventureros exploradores como el arquitecto logroñés Juan Antonio de Oteyza. En verano de 1786, mientras se encontraba dirigiendo unas obras en el convento de San Francisco, se adentró en Cueva Lóbrega dando una primera y somera descripción de lo allí existente publicándolo en la Gaceta de Madrid, antecedente del hoy Boletín Oficial del Estado.  

No vamos a entrar en este artículo a discernir sobre las excavaciones que desde mediados del XIX se fueron sucediendo con poca fortuna dado lo poco avanzado de la técnica arqueológica en aquellos tiempos. Estas excavaciones y sus interpretaciones posteriores han dado lugar a una amplia literatura sobre el hábitat antiguo de Cueva Lóbrega. Mencionemos sólo de pasada aquella primera excavación llevada a cabo por el francés Louis Lartet en 1866, auxiliado por el riojano Dr. Zubía, en la que apareció un cráneo humano, y que bien pudo servir de inspiración al autor unos años más tarde para el desenlace de la historia que aquí traemos.

Lo que hoy nos ocupa, poco tiene que ver con arqueología o espeleología, más bien con la literatura, en concreto, con la hoy de moda novela histórica. En esta ocasión quiero trasladar una bonita historia con la que me topé recientemente revisando periódicos y publicaciones antiguas.

El jueves 3 de abril de 1875, en su número 8, publicaba el diario El Globo un artículo del soteño Juan Vallejo, del que al final daremos unas breves notas biográficas. Era un diario recientemente fundado por Emilio Castelar, de ideología abiertamente republicana, como la del autor del artículo que nos ocupa.

El articulista utiliza el momento histórico de la guerra numantina (143-133 a.C.) para tejer un microrelato situándolo entorno a Cueva Lóbrega, que según el mismo, “es el lugar en que la tradición coloca el teatro de un antiguo y trágico episodio”.

Pese a aseverar que es una historia que en los Cameros es conocida, yo nunca antes la había escuchado entre los mayores de la familia. Más bien parece un relato ensalzando los valores de la patria aprovechando un pasado glorioso, independiente al poderoso invasor, de héroes nacionales, típico del movimiento cultural nacionalista de finales del XIX que recorrió Europa. Surgen los héroes nacionales como Vercingétorix en Francia, Boudica en Gran Bretaña, Arminio en Alemania, y por supuesto nuestro Viriato. Todos ellos son autores de grandes gestas contra el opresor romano, que necesariamente termina con la muerte y glorificación del héroe nacional.

En el marco de las postrimerías de las guerras celtíberas, la historia de Numancia y su trágico final es suficientemente conocida. Se había convertido en una piedra en las caligae romanas que aguantaba todo tipo de asaltos durante diez años. Harta ya Roma, que podía perder batallas pero nunca había perdido una guerra, decidió mandar a Publio Cornelio Escipión Emiliano, aquel que había conquistado y destruido definitivamente Cartago y nieto adoptivo de otro Publio Cornelio Escipión, el vencedor de Anibal en Zama.

Numancia, de Alejo Vera y Estaca (1881)

Decidido a cambiar de estrategia, se optó por un asedio total que acabaría en unos meses con el suicidio de sus habitantes ante lo que les esperaba con la inminente caída de la ciudad. En este periodo histórico se centra la narración que sigue.

Sin duda el señor Vallejo debía conocer la cueva y su entorno, aunque como veremos, no tenía muy buena opinión de Torrecilla, tal y como narra al comienzo de su artículo. Pese a ello, démosle un voto de confianza y leamos su historia con los ojos del siglo XIX, ya que se mezclan todo tipo de tópicos y recursos literarios que hoy nos son ajenos.

 

LA CUEVA LÓBREGA

En la provincia de Logroño, al S.O. de la capital, y en la parte de la sierra llamada Camero Nuevo, encuéntrase situada la pequeña población de Torrecilla.

Báñala el Iregua, que nace en el célebre pozo Urbión, y que, después de fertilizar los pintorescos valles de Viguera y Nalda, rinde tributo al caudaloso Ebro, cerca de la aldea y cuna de Zurbano, lamiendo las tapias de la Fombera, grato retiro del general Espartero.

Nada de notable encierra en sí Torrecilla, pues ni sus fábricas de papel alcanzan el grado de perfección que hoy esta industria requiere, ni su escasa agricultura y limitado comercio pueden comunicarle ese movimiento especial de los pueblos verdaderamente ricos.

Pero si la villa nada contiene digno de llamar la atención del viajero, el campo que la rodea ofrece a cada paso, no solo hermosísimos paisajes, sino que también algunos, como la cueva lóbrega, verdaderas maravillas.

En la margen izquierda del río, y a un cuarto de legua del pueblo, elévase un escarpado monte, en cuya falda, y a bastante altura, se ve un agujero, al que conduce una difícil y peligrosa senda. Es la entrada a la cueva lóbrega.

Una vez franqueado el estrecho paso, olvídanse las penalidades de la ascensión ante las bellezas que a la vista aparecen. Atrevidos arcos, esbeltas columnas, sitiales y lechos, tumbas y altares, flores y estatuas, en que la naturaleza ha sobrepujado al arte, y la constante gota de agua vencido al más hábil cincel; todo despidiendo, como un inmenso brillante, vivísimos reflejos, y destacándose iluminado sobre el negro fondo de la gruta: tal es el espectáculo que la cueva, ofrece al visitante.

No es, sin embargo, mi ánimo hacer una circunstanciada descripción de la cueva lóbrega, ni al nombrarla la tomé como objeto principal de este artículo, sino solamente como el lugar en que la tradición coloca el teatro de un antiguo y trágico episodio.

Hele aquí tal como en Cameros se relata:

Las legiones de Roma, mandadas por Escipión cercaban a Numancia, cuyos antiguos auxiliares, los que en los primeros sitios le hablan poderosamente favorecido, no osaban ya combatir al romano.


Los mismos cameranos, aquellos bravos pelendones, que, fieles a la amistad jurada, rompían una y cien veces el apretado cerco para llevar a los numantinos víveres, armas y hasta valerosos defensores, dominados al cabo por las numerosas legiones enemigas, velan, maldiciendo su impotencia, la esterilidad de sus pasados esfuerzos, y asistían mudos de asombro al grandioso espectáculo que ofrece siempre la agonía de un pueblo.


Un solo pelendón, un solo bandolero y pastor como Viriato, lleno de indomable amor a la independencia como el héroe lusitano, y como él dispuesto al sacrificio, prefirió sucumbir entre las ruinas de Numancia a presenciar resignado el triunfo del extranjero. Pero al partir para la ciudad sitiada donde le esperaba la muerte, los ojos del camerano se habían llenado de lágrimas y su valor desfallecido un instante.


Era que allí, bajo aquel techo que no volvería a ver jamás, quedaba su hija única, su vida, su gloria, el alma de su alma.


Y con razón lloraba el valiente amigo de Numancia, pues no era la muerte el mayor de los males que le amenazaban al partir: que el águila romana, al tender su vuelo sobre la sierra, vería acaso el nido de la blanca paloma y fijaría en ella su poderosa mirada.


Ni el sagrado recuerdo del anciano padre combatiendo por la patria, ni el odio innato al opresor que hasta en los pechos femeniles se alberga, bastaría quizá a dominar en la hija del guerrero la llama de un vergonzoso amor.


Así fue: un joven centurión romano recorrió los valles del Iregua, en busca de recursos para su gente.


Patricio valiente y libertino, acostumbrado a vencer el fiero pudor de las altivas romanas, vio a la dulce española, casta, inmaculada, como las nieves del Piqueras, pero sintiendo en su alma de virgen ese indescriptible anhelo que es el presentimiento del amor, y tanta pureza le sedujo y enamorase de ella enamorándola a su vez.


Allí, en aquella cueva, templo hasta entonces respetado; en aquella mansión, jamás hollada por la planta del hombre, y donde el sencillo pueblo camerano creía ver el sombrío escenario de mil pavorosos misterios, ocultó el romano el tesoro de su amor, y la seducida española su dicha y su vergüenza.


Bajo aquellos arcos y entre aquellas columnas que aparecían como erizadas de brillantes; a los trémulos rayos de las teas, cuya luz, descompuesta por millares de prismas, pintaba en cada objeto los colores del iris, solos, felices, olvidados de todos, vivieron algún tiempo los amantes.


Numancia, en tanto, estrechada cada vez más, exhausta de víveres y afligidos por la peste sus mermados hijos, estaba a punto de sucumbir en la terrible lucha. Aun, sin embargo, era temible aquel moribundo león; aun el águila romana lo miraba de lejos sin abatir el vuelo sobre él, y aun esquivaba sus postreras convulsiones.


Preciso era que la lucha terminase, haciendo Roma un poderoso esfuerzo, y entonces fue cuando el joven patricio, llamado al campo de los suyos, dejó en triste viudez a su adorada.


Pasaron muchos días; pero llegó al fin uno que el diezmado ejército sitiador no oyó el tímido grito de guerra del sitiado, y al volver los ojos a la ciudad invicta vio elevarse sobre ella una ancha columna de humo y fuego. Era Numancia que ardía; era el más heroico suicidio que registra la historia.


Cuando el ejército de Roma pudo penetrar en aquel montón de escombros, único resto de la ciudad conquistada, entre los apilados cadáveres vería el del valiente pelendón.


Ni un solo cautivo quedaba para el carro triunfal del vencedor.


De Numancia, solo cenizas podía llevar El Numantino.


La victoria no hace olvidar los goces del amor, y el centurión romano no olvidó a la hermosa que en la cueva lóbrega esperaba su vuelta.


Hallóla allí y se dispuso a conducirla a Roma y ella a seguirle; que aun cuando la sonrisa no asomaba a su labio y la sombra del remordimiento oscurecía a veces el dulcísimo semblante de la rubia camerana, la presencia del amado disiparía poco a poco las nubes que oscurecieran su dicha, y el blando rumor de los besos apagaría al cabo el triste gemido de los mártires, que aun repetían los ecos de la sierra.


Sentados en una de aquellas caprichosas cristalizaciones que semejan igualmente un lecho o una tumba; enlazados en amoroso abrazo hallábanse los dos momentos antes del señalado para dejar por siempre aquel oculto nido de sus amores. Pero de pronto un ruido pavoroso, igual al de cien truenos llenó su corazón de espanto y las agudas puntas de las estalactitas, cayendo sobre ellos como una nube de fechas, cubrieron para siempre sus destrozados cuerpos.


Tal es la tradición, que no atribuye a un desprendimiento casual y harto frecuente el sangriento fin de aquellos, no sé si felices o desdichados amantes.


Los manes de los numantinos vengaron, dice, su ultrajada memoria.

 

Juan Vallejo

 

 Notas biográficas sobre el autor:

Juan Vallejo Larrinaga había nacido en Soto de Cameros en mayo de 1844. Inició sus estudios en su localidad natal, para a los doce años, pasar a estudiar filosofía en el Seminario de Nobles de Vergara. Del Seminario se trasladó a Alemania donde estaban establecidos sus tíos maternos José y Bonifacio Larrinaga, y donde residiría hasta 1862. Pretendían que siguiese la carrera de Ingeniería como ellos, pero su pasión por las letras pronto le hizo abandonar.

Al volver a España retomó los estudios de Filosofía y trabajó como marino mercante entre España y Cuba, oficio que dejó en 1867 para dedicarse a su verdadera vocación, el periodismo y la literatura.

De ideales claramente republicanos, después de la Revolución Gloriosa de 1868 formó parte de las redacciones de El Solfeo y El Jaque Mate, ambos periódicos de Antonio Sánchez Pérez, además de colaborar en La República de Pablo Nogués. Fue profesor auxiliar de la Institución Libre de Enseñanza durante un breve periodo de tiempo.​ Fundó junto a José Nakens y Eduardo Sojo la publicación satírica El Motín,​ en la que trabajó hasta su muerte.​

A raíz de su participación en prensa y sus escritos fue encarcelado en la Cárcel Modelo,​ una de ellas a mediados de la década de 1880. Director de El Pueblo Español,​ fue también colaborador a comienzos de la década de 1880 de El Buñuelo, dirigida por Eduardo Lustonó,​ o de la publicación taurina La Lidia.​

Juan Vallejo falleció en Madrid en 1892

Estos datos biográficos han sido extraídos de un artículo que el mencionado, Eduardo Lustonó le dedica el 10 de julio de 1901 en la publicación Gente Vieja donde también trabajaba su hermano Mariano Vallejo.