Un repaso a la historia, vida y tradiciones de nuestros antepasados.

9 de junio de 2024

La industria del mueble en Torrecilla en Cameros (IX): De carpinteros y muebles curvados.

ÍNDICE DE ARTÍCULOS:

I

Motivos de este trabajo

II

La industria en Torrecilla hasta comienzos del s. XX

III

El monte de Rivabellosa

IV

La fábrica de La Huesera

V

Torrecilla en Cameros: 1917

VI

Comienza un proyecto

VII

Sáenz de Tejada, Castells y Camps

VIII

Sáenz de Tejada, Camps y Santaolalla, S.L." (1920-1923)

 

 

RECAPITULANDO

En el artículo precedente vimos como uno de los tantos aserraderos que había en varios municipios serranos, se convertía mediante una fuerte inversión económica en lo que pretendía ser una importante fábrica de muebles curvados bajo la denominación de “Sáenz de Tejada, Camps  y Santolalla, S.L.”. Sin embargo, en apenas dos años de vida, la joven empresa creada por Alejandro Sáenz de Tejada, Enrique Camps y Leopoldo Santaolalla, venía mostrado las deficiencias en su funcionamiento lo que se traducía en una escasa rentabilidad. Sobre el negocio recaía la pesada carga de las importantes deudas contraídas para la instalación de una industria demasiado ambiciosa y unas deficiencias estructurales de funcionamiento que se irán poniendo de manifiesto en años siguientes.

Todas estas dificultades supusieron el abandono del proyecto de Enrique Camps y su regreso a Bilbao tratando sin éxito de establecerse por su cuenta. Sin embargo, los otros dos socios no desistirían en el negocio tratando de salvar la inversión dando continuidad a la industria bajo la nueva denominación de “Sáenz de Tejada y Santaolalla, Sociedad Limitada”. Esta prolongación de la primera fábrica de muebles, que no llegará al año de vida, no aporta muchas noticias de interés más allá de los trabajos que debió efectuar su principal accionista Alejandro Sáenz de Tejada en busca de nuevos inversores. Pero antes de llegar a ello, aprovecharemos este punto para tratar sobre algunos temas que han ido apareciendo en artículos anteriores y que hemos ido dejando aparcados y que complementan y ayudan a entender mejor este tipo de industrias. Entre estos temas que resulta obligado a tratar, está sin duda el origen del mueble curvado y su expansión a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Operario de la fábrica de Luis Suay en Valencia montando una mecedora

UNA HISTORIA DE MUEBLES Y CARPINTEROS

Quizás la palabra mueble nos lleve a engaño, al pensar con la mentalidad actual en toda una amplia gama de ellos disponibles en el mercado. Hoy tenemos muebles domésticos especializados para todo tipo de estancias como dormitorios, salones, cocinas o baños. Además hay muebles para uso profesional en tiendas, bares u oficinas. Cualquier catálogo de productos de la empresa más modesta puede suponer la consulta de decenas de hojas llenas de todo tipo de variantes, combinaciones, medidas, colores o acabados.

Cuando el hombre se hizo sedentario y comenzó a edificar viviendas, sintió la necesidad de llenar los huecos de sus casas con una serie de útiles que en su nomadismo al abrigo de cuevas y refugios no había necesitado. La posibilidad de acumular objetos, comida o vestuario le llevó a la necesidad de tener un lugar donde almacenarlos. Disponer de un lugar fijo para tomar alimentos, llevó a la necesidad de acomodar ese espacio. Tener un lugar seguro y confortable para descansar, creo la necesidad de disponer de catres y luego camas. En definitiva, fueron apareciendo los muebles, que pese a la etimología de la palabra como bien movible, estaban pensados más bien como objetos físicos fijos del hogar, principalmente de madera, que dan servicio a las diversas necesidades humanas. En cada época y en cada lugar, el hombre usó la madera más accesible para la fabricación de los muebles domésticos que precisaba. Se usaba la madera disponible para el mueble común, siendo las de exóticos y lejanos lugares sólo accesibles a las clases más pudientes.

Centrándonos en el ámbito geográfico que nos ocupa, pongámonos a mediados del siglo XIX en una casa cualquiera de Torrecilla, más preocupados en donde trabajar ese día para llevarse algo de comer a la boca que en donde sentarse para hacerlo. Igualmente tampoco suponía mucha preocupación donde guardar las escasas y poco variadas prendas de vestir con las que contaba cada individuo. Mis antepasados, Francisco Sáenz-López y Catalina Martínez de Bartolomé fallecieron con cuatro días de diferencia aquel junio de 1850, seguramente víctimas de alguna de aquellas epidemias como sarampión o cólera que recurrentemente asolaban las localidades por esas fechas. Se les puede considerar ciertamente afortunados al poseer hasta dos casas en propiedad y diversas heredades rústicas, cuando la mayoría de las familias vivían de alquiler o compartiendo la misma casa entre varias. Es curioso observar el habitual inventario de bienes que se hace en la tramitación de la herencia en el que se enumera absolutamente todo, desde lo más valioso hasta lo que nos parece más insignificante para nosotros hoy en día, pero que para ellos era de suma importancia.

Entre el amplio listado de bienes, se enumera el mobiliario de las dos casas así como el resto de enseres que dejan al fallecimiento. De la relación de bienes sacamos este extracto:

La suma de los muebles asciende a 270 reales que nos muestran como el amueblamiento de la casa no era uno de los asuntos de importancia en aquella Torrecilla de mediados del XIX preocupada en aspectos más prácticos de la vida cotidiana. Valgan como referencias algunos otros bienes del mismo inventario para comparar la poca importancia de dichos enseres domésticos en contraposición con otros quizás más útiles para el día a día familiar. Así por ejemplo, el valor de un cerdo, quizás el bien más preciado del momento para el sustento familiar, supera el conjunto de los muebles de dos casas.

Por todo ello podemos afirmar que el mobiliario del hogar era algo superfluo. Era escaso, se tenía el imprescindible para su uso, y aunque no era muy caro, se debía considerar mejor invertir el poco dinero disponible en otros bienes básicos más necesarios. La tipología debía ser escasa: camas para dormir, sillas y mesas donde comer y reposar un rato antes de continuar con las tareas diarias, arcones y baúles para guardar la ropa y alguna pequeña alhacena en la cocina, todo ellos sin demasiado ornato y de maderas disponibles en la zona. En la Torrecilla de mediados del siglo XIX, como en cualquier otro lugar y momento, es de suponer que los miembros de las clases sociales más pudientes se saliesen de este sencillo esquema con mayor cantidad y mejor calidad de sus muebles. Pero a buen seguro, los de la mayoría de la población no debían tener ninguna pretensión estética, siendo la más económicos, funcionales y sencillos posibles.

Su fabricación era siempre artesanal y por encargo a uno de los carpinteros que no faltaban en cualquier localidad por pequeña que esta fuera. Estos muebles se heredaban generación tras generación mientras mantuviesen su funcionalidad, ya que el factor “pasado de moda” o “no me gusta”, no entraba en la mentalidad de la época.

En el catastro del marqués de la Ensenada de 1752, en Torrecilla en Cameros hay tres carpinteros entre las escasas personas no dedicadas a profesiones derivadas de la industria lanera. Domingo Albándoz, residente en el barrio de Campillo, y Francisco Artabeitia, que posee en propiedad media casa tras la iglesia de San Martín, declaran ambos ganancias por 700 reales anuales. Manuel de Idígoras, que vive a renta en el barrio de Palacio, se declara del estado general aunque vizcaíno de nacimiento y declara una ganancia de 800 reales anuales. Comparando sus declaraciones de ingresos con las de otras profesiones en el mismo catastro, podemos ver que estaban bien pagados, por lo que debía ser un trabajo un tanto cualificado y valorado.

Los tres carpinteros tienen apellidos originarios de tierras vascas o navarras, y los podemos situar en la habitual llegada de aquellas cuadrillas de trabajadores especializados de los siglos XVII y XVIII provenientes principalmente de Vizcaya. Maestros de obras, canteros, herreros y carpinteros, fueron llegando en sucesivas oleadas al calor de la bonanza de las parroquias riojanas que se afanaban por mejorar sus templos echando raíces en algunas de las localidades en las que trabajaban. Trabajadores especializados que la mayor parte de las veces aprendían el oficio en el seno familiar o puestos por sus padres en manos de un maestro del oficio. Quizás los hermanos Gregorio y Vicente Astola Olazabal, canteros vizcaínos, llegados a estas tierras a mediados del XVIII desde el Duranguesado, sean el caso más cercano para alguno de los lectores torrecillanos de este artículo.

Un siglo después, a mediados del siglo XIX, podemos hacer una nueva relación de los carpinteros que había en Torrecilla en Cameros a través de la contribución territorial de 1852,  En ese año trabajan en Torrecilla nuevamente tres carpinteros, aunque ahora los apellidos son sustancialmente distintos y más habituales entre la onomástica de Torrecilla. Estos tres carpinteros de 1852 son: Lucas Ibáñez, José Moreno y Manuel Viguera.

Avanzamos por el siglo XIX y finalizamos esta introducción por los carpinteros locales en el año 1890. La industria lanera está ya prácticamente extinta y ha dado paso a una mayor diversidad de oficios que en años precedentes. En el censo electoral de ese año figuran trece carpinteros muchos de ellos con lazos familiares como podemos intuir por la repetición de los apellidos. Volvemos a incidir en la idea de un aprendizaje y transmisión del oficio en el interior del núcleo familiar.

Censo electoral de 1890, carpinteros de Torrecilla en Cameros.

Sirva como ejemplo de la tradición en el aprendizaje del oficio el de la familia San Juan. Llegado a Torrecilla en Cameros a comienzos del siglo XVIII desde Cornago, José San Juan y Villanueva era un dorador y policromador de retablos que, como Manuel Mazo o Juan de Rementería, eligió esta tierra por la abundancia del bol, un tipo de arcilla roja que necesitaban como producto para su trabajo y que extraían de cuevas próximas como Cueva Lobrega. El oficio fue pasando de padres a hijos y algún sobrino hasta que a mediados de siglo XIX, ya con la mayoría de retablos de la zona finalizados, hubieron de reconvertir su saber hacia una carpintería tradicional. En 1852 Fernando San Juan García-Olalla se declara carpintero en la contribución anual, profesión que heredarán los dos hijos varones, Pedro y Casimiro, que aparecen en el cuadro anterior. En 1902, Pedro San Juan se anuncia en el diario La Rioja como tornero.

La Rioja, 23 de noviembre de 1902

Todos estos profesionales rurales de finales del siglo XIX van a ver transformar con el cambio de siglo su sector en las zonas urbanas hacia una mayor profesionalización e industrialización. Esta industrialización y estandarización de modelos abocará a la extinción casi total de estos pequeños negocios que fabricaban casi por encargo ya que no pueden competir con los precios que ofrecen las nuevas fábricas de muebles.

MUEBLES CURVADOS VIENESES

Desde el primer capítulo de esta serie venimos mencionado el término de muebles curvados, dando por supuesto su conocimiento por parte del lector. La importancia de estos muebles radica además de por ser el producto con el que arranca la industria del mueble en Torrecilla, en que las sillas, quizás su producto estrella, van a estar presentes durante prácticamente toda la vida de esta industria en Torrecilla en Cameros asociando la localidad a su inconfundible imagen. Llegados a este punto, aunque vimos unas pinceladas sobre este producto en artículos anteriores, creo conveniente dedicar un apartado especial para hacernos una idea lo más clara posible de que eran estos muebles curvados, también conocidos como de estilo Viena o vieneses y más tarde en España, como muebles valencianos.

La técnica para curvar madera con la aplicación de calor, vapor y presión era conocía quizás desde el Antiguo Egipto. A lo largo de los siglos, la técnica fue adaptándose a las maderas disponibles y los productos finales buscados. En nuestra tierra riojana, sirva de ejemplo aquellos viejos toneleros domando los listones de roble humedecidos y calentados entorno a una fogata central que sujetos mediante fuertes aros metálicos formaban las barricas para almacenar el vino riojano.

Pero no fue hasta el siglo XIX cuando, como en muchas otras materias, se desarrolló una técnica industrial para curvar madera con la que fabricar muebles. Los listones de madera, principalmente de haya, se introducían en el interior de calderas de vapor durante un tiempo determinado. El material reblandecido y maleable por el calor y la humedad se insertaba a continuación en moldes metálicos diseñados específicamente para cada pieza, para que una vez enfriado y seco, adquiriese la forma deseada. Por último se ensamblaban de forma muy simple mediante tornillos evitando así los tradicionales y costosos sistemas de ensamblaje.

Decía una publicación de la época como “en el curvado se ve, como si, merced a un arte mágico, se puede dar a la madera, por fuerte que sea, la forma y retorcedura que se quiera, haciéndola tomar las más extrañas, y dejándola en tal condición de estabilidad y dura consistencia, que ya no vuelve a recobrar su primitiva forma, consistiendo antes en romperse que entender a la posición recta que antes tuvo”.

No hay datos seguros del inventor de la técnica a nivel industrial, aunque los historiadores no dudan en ubicarlo en los antiguos Imperios Alemán y Austrohúngaro. La mayoría de los estudiosos atribuyen más bien que su invención, su difusión y popularización, al ebanista alemán Michael Thonet (1796-1871), que establecido en Viena junto a sus hijos, desarrolló la empresa Hermanos Thonet sobre 1853.

Michael Thonet

Michael Thonet puso la técnica de curvado en valor, aplicándola a modernistas diseños y la fabricación en serie de este tipo de muebles tan característicos y reconocibles. En la cartera de sus clientes llegó a fabricar para el emperador austriaco lo que le abrió camino a la popularización de sus productos. Entre los productos destacados, las sillas y mecedoras fueron las más populares de su época. Thonet tenía fábricas en casi todos los países del centro de Europa así como establecimientos de venta en casi todas las capitales europeas, incluso de América del Norte.

De entre sus modelos patentados destacó la silla nº14, diseño de 1859 que todavía hoy sigue comercializándose. Su simplicidad de diseño y economía la convirtieron pronto en la silla más vendida del mundo. Sus seis piezas de madera curvada, diez tornillos y dos tuercas, le conferían una facilidad de montaje a la vez que un abaratamiento de costes al poder ser trasportada y almacenada con el mínimo espacio.

Silla nº 14 (1859), de Michael Thonet

Este éxito inicial hizo que fueran surgiendo en años posteriores los competidores, primero en otras partes del Imperio Austrohúngaro y más tarde en Alemania, lo que dio fama a estos productos hasta el punto de empezar a ser conocidos como muebles de Viena, vieneses, estilo Viena e incluso estilo Thonet, en alusión al principal y más famoso productor del momento. Esta fama y popularización no tardó en alcanzar otros puntos fuera del centro de Europa, no será España una excepción.

MUEBLES CURVADOS VALENCIANOS

La industria del mueble fue considerada como una de las ramas industriales más genuinas del levante español y sin duda de las más representativas de la propia ciudad de Valencia y su entorno más próximo. La industria de la madera en general, que incluía actividades tan diversas como serrerías, tonelerías, cajas para frutas o elaboración de muebles, llegó a ocupar en sus mejores momentos en tierras valencianas a cerca de 40.000 personas, aproximadamente la cuarta parte del sector en España. Sin embargo, como en otros muchos lugares, en los últimos años se ha visto muy disminuida por el cierre de fábricas, el traslado de otras o su reconversión en simples tiendas comerciales para venta de productos importados.

En Valencia existía desde antaño una industria maderera tradicional asentada en las márgenes del río Turia a través del cual se abastecía de materia prima procedente de los bosques de su cabecera. Además del mueble tradicional y cajas para el transporte de la fruta, era una zona en la que ya se conocía la vieja técnica de curvar madera mediante calor y humedad para la fabricación de toneles de vino, abanicos, instrumentos musicales o mesas de billar. Sin entrar en fechas exactas, diremos que a mediados del siglo XIX comienzan en Valencia los primeros talleres especializados exclusivamente en la fabricación de muebles con maquinaria industrial accionada a vapor o fuerza hidráulica (sierras y cepilladoras) y será en el último tercio de ese siglo cuando se introduzca progresivamente la moda del mueble curvado vienés.

Si antaño la cercanía al suministro de madera u cualquier otra materia prima, había sido un factor determinante para que se desarrollara una industria derivada de ella, con la mecanización de los procesos industriales este factor pasa a un segundo plano. La existencia de un gran puerto en Valencia hacía posible la importación a bajo coste de grandes cantidades de madera vía marítima desde los bosques centroeuropeos, principalmente a través del puerto de Trieste, entonces bajo el control del imperio de Austria-Hungría. Si en un primer momento la cercanía de la madera en los montes próximos y el transporte fluvial fueron los que arrancaron la industria maderera valenciana, sería la incipiente industrialización la que la impulsaría a finales del XIX sin importar la cada vez más escasa materia prima, incluso compensado esa mecanización de los procesos el tener que importar la madera necesaria de lejanos lugares.

Podemos ver aquí en este proceso ciertas semejanzas con la industria textil camerana. La pujante industria textil de Cameros en los siglos XIV al XVII se desarrolló al calor de los grandes rebaños de ovejas merinas trashumantes que agostaban en sus pueblos. La proximidad de la materia prima hizo que parte de la lana, en vez de dedicarse al lucrativo negocio de la exportación para la fabricación de paños, se emplease en la fabricación en proximidad de tejidos que dejaba buenos rendimientos. A finales del siglo XVIII se mecanizan los telares en Inglaterra y luego Bélgica o Italia, esta tecnología llega a España en el XIX. La proximidad del suministro de materia prima, lana, lino u algodón, deja de ser un factor principal en la cuenta de resultados del negocio frente a la gran inversión que supone la puesta en marcha de esos ingenios mecánicos. Los nuevos focos industriales se ubican en puntos con buenas vías de comunicación por ferrocarril o barco, cada vez más veloces y capaces. Sirva de ejemplo la industria textil británica que una vez instaladas sus plantas productoras va buscando la materia prima en cualquier parte del mundo, algodón de EEUU e India, o lana de Nueva Zelanda.

Ya hemos visto en los capítulos introductorios como el origen de la industria de muebles en Torrecilla en Cameros la podemos encuadrar en ese modelo más antiguo, íntimamente relacionado con la proximidad de la materia prima en los montes cameranos. En el caso que nos ocupa, la propiedad del monte de Rivabellosa en manos de Alejandro Sáenz de Tejada actuó de motor de arranque de esta industria.

Es difícil establecer una fecha precisa para el comienzo del despegue de la industria del mueble curvado valenciano así como el nombre exacto de sus protagonistas. En diversas publicaciones se habla indistintamente de varios de esos precursores, todos los cuales se atribuyeron en su día la paternidad de la iniciativa como medida publicitaria. Si la paternidad fue discutida, no hay duda que la puerta de entrada debió ser el puerto valenciano de El Grao que propiciaba unas buenas relaciones comerciales con Austria-Hungría y por el que debieron llegar diseños, obreros y material.

Los contemporáneos Salvador Albacar Gil, Luis Suay, José Trobat, Ventura Feliú, Joaquín Lleó o Feliciano Bartual se atribuían para sí la feliz iniciativa, y sin duda fueron los más importantes empresarios del mueble por aquellos años. Lo produjeron en serie, popularizaron y pusieron al alcance de la incipiente sociedad burguesa española del cambio de siglo.

Aunque las primeras series de baja calidad y difícil venta fueron destinadas a la exportación a las colonias y América principalmente dado los bajos aranceles, dos exposiciones regionales la de 1883, pero sobre todo a partir de la de 1909, dieron a conocer y popularizaron el mueble curvado que se estaba fabricando en Valencia. Decía la revista El Trabajo Nacional en 1900: “de pocos años ha entrado el gusto hasta en la clase media, en amueblar el hogar con relativa riqueza y sobre todo con buen gusto. Para apreciar el valor de estas iniciativas hay que tener en cuenta, la circunstancia de que en los países meridionales como el nuestro, en que la naturaleza se presenta exuberante de luz, no se estiman las galas del hogar tanto como en los países nebulosos del norte”.

Estos cambios en los gustos sociales, la mejor calidad del producto, así como la mejora económica de la población en los núcleos urbanos industrializados provocaron la popularización de esos muebles a la par sencillos, elegantes y no muy costosos.

La Memoria de la Inspección de Trabajo en Valencia de 1908 nos da datos de la fábrica de Ventura Feliú que pueden dar una idea del funcionamiento de las principales fábricas. Tenía 420 trabajadores, de los cuales eran 230 hombres, 160 mujeres y 30 niños. Se solía trabajar a destajo, siendo los tipos de jornal máximo, medio y mínimo de hombres eran 4, 3 y 2,5 pesetas; y de mujeres y niños 1,75, 1,25 y 0,50 pesetas. Es decir, el salario máximo de una mujer nunca superaba el mínimo de un hombre en una jornada laboral que por entonces era de 9 horas.

Las condiciones de trabajo, ambientales e higiénicas no debían ser especialmente agradables en aquellos años siendo frecuente la conflictividad laboral para conseguir aumentos de salario, mejoras laborales y de las condiciones higiénicas. En ese ambiente se desarrollaba simultáneamente el incipiente movimiento obrero de carácter socialista o anarquista y la conciencia de clase que se iba apareciendo entre esos primeros obreros industriales.

Para 1909 ya trabajaban en la industria del mueble en Valencia en torno a 10.000 obreros y al decir de los cronistas contemporáneos: “en algunos modelos supera a las manufacturas de Viena, que fue, como ya sabemos su cuna”.

De los pioneros mencionados, Salvador Albacar fue sin duda el más importante para nuestra historia. Tenía una importante fábrica en el antiguo camino del puerto valenciano desde 1897 que empleaba a más de 400 obreros. Fundó la denominada “Casa Albacar”, el primer taller profesional para el aprendizaje del oficio de operario en la naciente industria del mueble por cuyas dependencias pasaron y se formaron muchos de los futuros empresarios. Entre estos aprendices del oficio que se formaron en los talleres de Salvador Albacar debió estar Manuel Pascual Salcedo a tenor del testimonio años después de Alejandro Sáenz de Tejada.

Tras el despegue inicial de la primera década del siglo XX, el aumento de la demanda provocada en gran parte por la falta de competencia tras la devastación de la industria europea por la I Guerra Mundial, supuso un catalizador para el sector y la creación de nuevas empresas. De los talleres de las grandes fábricas valencianas saldrían aprendices formados que se instalaron por su cuenta al calor de esa creciente demanda creando una gran red de industrias muebleras de diversos tamaños, algunos de ellos como meros suministradores de piezas intermedias a las grandes fábricas y otros, con la fabricación de un producto completo.

Será en el antiguo Camino Real de Madrid, luego calle de San Vicente Martir y pueblos de su entorno, donde se establezcan la mayoría de estas pequeñas empresas. Esta tendencia a la concentración geográfica se entiende por la aparición de un mercado de trabajo especializado y la subcontratación de semi-productos elaborados. Muchas veces estos primeros aprendices salidos de las principales fábricas, montaban su propio negocio en los bajos de cualquier vivienda suministrando piezas intermedias. Con el tiempo van adquiriendo importancia hasta montar su propio negocio y lazar sus productos al mercado.

La expansión fue enorme en las tres primeras décadas de siglo, junto al aumento de la demanda se introducen innovaciones tecnológicas sobre todo la maquinaria eléctrica que podía ser accionada por un solo motor, de tal manera que para 1930 la ciudad de Valencia tenía registradas nada menos que 234 ebanisterías, 78 fábricas de mueble tradicional y 18 fábricas de mueble curvado. Pero es que el resto de la comarca contabilizaba 71 ebanisterías, 8 fábricas de muebles tradicionales y 13 de muebles curvados. De este modo en la provincia de Valencia se contabilizaban un total de 31 fábricas de muebles curvados.

A los pioneros les fueron sucediendo con mayor o menor fortuna sus hijos. Para los años 20 sólo quedaba en pié la de los hijos de Ventura Feliú, habiendo dejado paso a una nueva generación de empresarios surgidos de entre los operarios de aquellas primeras fábricas. Entre esta segunda generación de empresarios valencianos dedicados al mueble curvado estaban los jóvenes Manuel Pascual Salcedo y Juan Bautista Mocholí, establecidos por su cuenta en 1923 bajo la denominación social Mocholi, Pascual i Cia, una sociedad colectiva con un capital fundacional de 64.000 pesetas

Justamente cuando se cumple un siglo del hecho, sobre las circunstancias de la llegada de ambos a Torrecilla en Cameros en julio de 1924 profundizaremos en la siguiente entrega de esta Historia del mueble curvado en Torrecilla en Cameros.


20 de mayo de 2024

La emigración camerana vista desde Argentina en 1912

Al hilo del último artículo publicado sobre la emigración americana de la familia Ibarra-Munilla desde Torrecilla en Cameros, traemos transcrito íntegramente el artículo publicado por el diario La Rioja el 3 de junio de 1912. 

En este extenso artículo se narra en primera persona como debió ser aquel proceso de emigración camerana en las décadas anteriores al gran fenómeno migratorio del cambio de siglo pasado (1880-1920). Sin duda es una narración idealizada, una más de las que sirvieron en aquellos momentos como reclamo y catalizador del enorme flujo migratorio que salió de los pueblos de la serranía riojana. Un fenómeno, el de la emigración, que si bien se había dado de forma natural y ordenada antaño, ahora tornaba tintes dramáticos.  


Vapor "Valvanera" (Compañía Pinillos y Cia.)

La Rioja, de 3 de junio de 1912

Desde Buenos Aires.

LOS CAMERANOS

El Diario Español, de Buenos Aires, publica un hermoso número extraordinario con pliegos enteros dedicados a diversas provincias de España. Entre ellos hay uno que trata de la provincia de Logroño y especialmente de la Sierra Camerana. Esta última parte la reproducimos a continuación:

La sierra de Cameros, más importante por su masa que por su altura, se encuentra, como saben quiénes han saludado la geografía de la península ibérica, en la parte meridional de la provincia de Logroño. Constituye el partido judicial de Torrecilla. Tiene muchos pueblos y aldeas, pero todos de escaso vecindario.

La emigración, una emigración consciente, razonada, metódica, que no acrecienta el hambre, sino que responde a la idiosincrasia de los serranos, a sus tradiciones de expansión, al instinto aventurero que les empuja a desparramarse por las cinco partes del mundo, impide que sus pequeñas poblaciones aumenten sus censos, según los progresos regulares, dependientes de las cifras de la natalidad.

La sierra de Cameros está como aislada del resto de la provincia. En la geografía étnica de España aparece tan circunscripta y limitada como en la geografía física. Sus habitantes se parecen poco a los riojanos de las tierras bajas, y menos aún a los sorianos que tienen tan cerca. Sierra Cebollera, el macizo de Piqueras y el Serradero, la rodean con sus altos picachos cubiertos de nieves, encerrándola y ofreciendo solamente a sus moradores salidas estrechas y difíciles.

La comarca camerana, es pues, abrupta, quebrada y montañosa. Su clima es frío, aunque muy sano. Hay en ella muchos yermos, porque la tierra agradece poco el trabajo del  hombre y se muestra ingrata con quien le dedica su esfuerzo. Sin embargo, produce trigo, centeno, semillas, legumbres, y sobre todo, muchas y magníficas patatas, tubérculo que forma la base del alimento de los cameranos.

En los bosques de esta serranía, en los robledales y encinares, en los “haídos” de hayas centenarias, si bien abundan los lobos y jabalíes, hay veranos que harían –y hacen en ocasiones- las delicias de los aficionados a la caza mayor.

Los pastos son sanos y abundantes. El ganado vacuno, cabrío, bovino y de cerda vive y engorda a sus anchas en los valles cameranos. Y esto no es de ahora. Los Archivos de la Asociación de Ganaderos, donde son guardadas curiosas documentaciones relativas al célebre Consejo de la Mesta, prueban que hace dos y tres siglos numerosas cabañas de ganadería trashumante, con miles de merinas y otras especies lanares, iban desde Extremadura a Cameros todos los veranos y regresaban a Cáceres, Badajoz y comarcas de Béjar cuando empezaban a caer las primeras nieves. Recuerdos de estas inmigraciones periódicas son los restos de muchos lavaderos de lanas y de algunas rudimentarias manufacturas textiles que aún pueden ser vistas en Ortigosa, Soto, Torrecilla y otros pueblos.

La región camerana, no obstante sus minas de hierro, sus cristales de roca y su abundancia en aguas, no es muy rica. Así lo reconocen sus habitantes, modelo de frugalidad, previsión y economía. Sin embargo, en ella no hay miserables. Los mendigos son raros y casi nunca proceden de alguna de las localidades del partido judicial. La causa de esto hay que buscarla en la emigración inteligente a que aludo más arriba.

Es un hecho que todo camerano sabe leer, escribir y contar. El analfabetismo fue hace mucho tiempo desterrado de esta tierra. Los municipios cameranos se esfuerzan, siguiendo una tradición que ninguno rompe, por que la enseñanza primaria sea lo más completa posible. No obstante, no podrían lograr el milagro que supone el hecho de que todo niño camerano mayor de diez años lea, escriba y conozca los principios elementales de la ciencia del cálculo, sin no les ayudase la iniciativa privada con fundaciones educativas que son orgullo de algunos pueblos.

Laguna, Soto, San Román y otras localidades, poseen grupos escolares modernos costeados con esplendidez, obra de cameranos ilustres, de emigrados como don José de la Cámara Moreno, que habiendo salido pobre y desvalido de su patria chica, y habiendo conseguido tras muchos años de rudísima batalla, triunfar en la vida y asegurarse la fortuna, se acordaron de los compatricios, de los “paisanines” sin medios para procurarles una base de cultura que les sirviera, el día de mañana, de arma de lucha, y dedicaron parte de sus capitales a la instalación de centros de enseñanza, con edificios propios, con material pedagógico de primer orden, con maestros capaces. Lo mismo hacen los hermanos señores Sáenz, residentes en la Argentina.

Gracias a los esfuerzos de los Municipios, y muy particularmente a las generosidades de cameranos opulentos y patriotas como los citados, la emigración camerana es cada vez más apta y digna de aprecio. Los muchachos que se van a Galicia, a Extremadura, a Andalucía a Cataluña y a América no son crisálidas de aventurerillos, son capullos de hombres ilustrados, conscientes, que no marchan a ciegas, que tienen un norte y una orientación y un destino.

En pocos años estos emigrantes, cuyas cualidades de adaptación son maravillosas, se abren paso en los medios más extraños a los suyos familiares y pueblerinos, y vencen a las circunstancias y sacan partido de los acontecimientos imprevistos y conquistan la soñada posición independiente, suprema ilusión de su niñez y adolescencia.

En Logroño, un camerano viejo y rico a quien fui presentado y al que interrogué sobre las particularidades más características de la región donde naciera, me dijo:

“Hoy las cosas han cambiado mucho. Pero en mis tiempos se emigraba de modo muy distinto. Cuando un muchachuelo cumplía los trece años y el maestro de instrucción primaria certificaba que sabía leer, escribir y contar, sus padres comenzaban a preocuparse de su suerte. No admitían ni por un momento que el rapaz se quedara en la sierra. Destinábanle a la emigración fructuosa que tantos beneficios ha hecho a la comarca. Y escribían al tío, al primo, al amigo que se fuera veinte o treinta años antes, y del que se sabía que había hecho fortuna, bien en el Mediodía de España, ya en la otra banda del Océano.

Decíanle que era preciso buscara al muchacho una colocación en alguna casa de comercio, fundada por cameranos, si era posible. Invocaban la solidaridad que debe unir a los nacidos en una misma tierra. Y rara vez no lograban el favor pedido.

Cuando llegaba la contestación favorable, la familia reuníase en consejo. Eran necesarios diez, veinte, cincuenta duros, según el punto a donde el muchacho debía ir. Y se ahorraba, se pedía prestado, se vendía alguna tierrecilla, o algún pequeño prado o unas fanegas de trigo guardado como oro en paño. Y se preparaba, de paso el equipo del emigrante.

Si el destino era en España, buscábase “corsario” que debiese partir para la ciudad andaluza o extremeña y se le confiaba al tierno vástago con el encargo expreso de entregarlo al patrón. Si era América a donde había de marchar el chico, se le enviaba primeramente a un puerto, en compañía de su padre o de alguna otra persona de peso y responsabilidad.

Ordinariamente el arriero llevaba diez o doce duros por el transporte del emigrante a su punto de destino. Había que aguardar al principio del invierno y rara vez salía de la sierra con cada “corsario” un muchacho solo. Reuníanse los rapaces de varios pueblos tras largas despedidas, con sus correspondientes lágrimas, besos, abrazos, exhortaciones y advertencias, buscaban a sus respectivos conductores y las caravanas compuestas de mulos cargados de paquetes –generalmente de encargos para cameranos residentes en las provincias del Oeste y del Sur de España- poníanse en camino para el puerto de Piqueras.

La travesía de éste era siempre muy penosa y demostraba a los muchachos que la nueva vida que comenzaban se anunciaba dura. Las primeras nieves hacían difícil la entrada de las recuas en la provincia de Soria. Hacía frío. Y los rapaces, mal abrigados con una capilla, marchaban animados al lado de los mulos pensando en el porvenir, hacia el que caminaban, y recordando cuanto habían oído de los triunfos de otros cameranos que salieran como ellos de la sierra y que en países remotos lograran dominar la suerte, hacerla su esclava y arrebatarle sus tesoros inagotables.

El viaje era largo y molesto. Comían en las ventas poco y mal. Dormían sobre los fardos que componían la carga de los mulos, o sobre los aparejos de éstos. Pasaban fríos, angustias, miserias. Pero no se preocupaban de ello, porque eran ya caballeros de un ensueño vago que tejía su velo con hilos de sol, porque una indomable voluntad y una risueña esperanza les aguijoneaban empujándoles hacia el mañana hosco y cerrado y misterioso como una esfinge.

Así marcharon de la sierra muchos cameranos hoy ilustres y poderosos. De las estepas de Laguna, donde pastorearon en sus primeros años, don Juan, don Martín y don Pablo Larios, salieron para Andalucía a fundar la gran casa: la casa por antonomasia que ha reinado y reina en Málaga, con sus prolongaciones de palacios, de fábricas y de ingenios de azúcar. De los montes de Nieva salió igualmente el fundador de la casa naviera Sáenz de Pinillos, famosa en Puerto Rico y Cuba, y cuya línea empieza a cimentarse en el Plata. De Brieva, el pueblecillo que no conociera durante siglos más alumbrado que las teas de pino, salieron Duro, el de la gran fábrica asturiana de la Felguera, y Bayo, el banquero matritense. De Villamueva era Arenzaana, más tarde compañero de Urquijo y título del Reino…

Recordaré, con permiso de usted, algunos nombres de cameranos. De Lumbreras, si no me equivoco, era don Pedro Sáenz de Codés, comerciante riquísimo de Valparaiso. De Nestares, el señor Montes, gran registrero bonaerense; don Gonzalo Sáenz, iniciador y gran introductor de la producción española en la Argentina. De Ortigosa don Simeón García, creador de fuertes casas comerciales en Galicia. De Ortigosa también Riva, que tiene una empresa de comisiones en Barcelona, y los Martínez, dueños de un gran comercio en una ciudad chilena. De Rabanera proceden los opulentos Heredia y Gómez de Málaga, y Teruel, establecidos en Sevilla. De Ajamil son Pablo Escolar, de Madrid, y su sobrino, los Lafuente, comerciantes de Trinidad, en Cuba. De Muro salieron los Ortiz, hoy peruanos millonarios, y los Lerdo, que dieron un presidente a la República mejicana.

Como los Larios, proceden de Laguna, don José de la Cámara Moreno, que se hizo rico en Méjico; los Gutiérrez de Rosario de Santa Fe; los Benito, de Málaga; Quemada, de Buenos Aires; Domínguez, de Cádiz; Jiménez sevillano de adopción. De Villoslada son Eladio Rodríguez, de Madrid, y los Echeverría, de Granada. De Pajares, los Carnicero, también de Granada, y de Almarza, los Arrieta, de Valparaiso.

Podría seguir citando, a docenas, cameranos ilustres que, saliendo pobres y niños de sus pueblecillos, lograron abrirse paso trabajando obstinadamente. ¡Cuántos habrá en la Argentina que debo limitarme a dejar representados por los citados! Y conste que no hablo de los que brillaron en la política, como Sagasta, o en la filosofía, como el padre Cámara, obispo de Salamanca. Me refiero exclusivamente a los que emigraron para dedicarse al comercio o a la industria.”

Seguramente, como digo, hay en la Argentina muchos cameranos. Cuando lean este modesto artículo recordarán sus nombres y sus valles, Camero Viejo y Camero Nuevo, el santuario de Valvanera, el de Santa Cruz del Monte, las amenas y rocosas orillas del Tirón, el Oja, el Najerilla, el Iregua, el Glera, el Cidacos y el Alhama, los bosques de hayas seculares, los prados en que muchos de ellos pasarían largas horas en su niñez, vigilando el ganado y pensando ya en la emigración decidida y resuelta, los robledales y encinares donde en las noches de invierno, cuando cae la nieve, rápida y muda, aúllan los lobos, las amplias y brumosas cocinas bien alumbradas por el fuego de la chimenea, donde se tratara de su porvenir, en graves consejos de familia.

Y al recordar todo esto convendrán conmigo en que la emigración camerana no se parece a ninguna otra; en que es un fenómeno perfectamente caracterizado, que obedece a razones de psicología colectiva, condicionadas por la tradición y el ambiente.


La Rioja, de 3 de junio de 1912

 

 

 

 

 

 

 

10 de enero de 2024

Una historia de emigrantes: Familia Ibarra-Munilla

Familia Ibarra

Hace unos meses Jeremías Capaccio, descendiente de emigrantes torrecillanos, contactó vía Facebook con el grupo de Torrecilla en Cameros solicitando información sobre sus antepasados. Fruto de nuestras conversaciones e investigaciones traemos aquí la historia de su familia. Para ver el artículo pinchar en la imagen:






19 de diciembre de 2022

Cuatro historias de lotería en Torrecilla en Cameros (II)

En la primera entrega de este artículo dedicado a la relación de Torrecilla con la lotería hicimos un repaso a los orígenes de las loterías en España y como desde muy temprano Torrecilla en Cameros contó con su propia Administración de Lotería. 

Vamos en esta segunda entrega con cuatro pequeñas historias que he recopilado sobre esta relación de dos siglos entre Torrecilla y la lotería aunque a buen seguro habrá muchas más que habrán llenado de felicidad a sus afortunados protagonistas.

12.105  Un premio de lotería y una revolución.

Alberto Ruiz Royo fue un político logroñés de ideas republicanas que en palabras del profesor Francisco Martínez Bermejo “fue líder indiscutido e indiscutible del republicanismo provincial en La Rioja”.

Se cuenta que  desde muy joven tomó conciencia de las nacientes ideas liberales siendo parte activa de la Milicia Urbana de Logroño durante la Primera Guerra Carlista. La muerte de su hermano en dicha guerra le debió marcar todavía más en sus ideas progresistas, que partiendo de un primer liberalismo transitó por el liberalismo progresista hasta llegar a un republicanismo convencido.

Uno de los dos acontecimientos de su vida por los que viene aquí a colación estuvo relacionado con el sorteo de la Lotería Moderna o Nacional celebrado el 24 de diciembre de 1851 que tuvo a Logroño por ciudad agraciada y a Alberto Ruiz Royo por uno de los afortunados de aquel “gordo”. El otro motivo de su presencia en este artículo será su relación con Torrecilla en Cameros, pero vayamos por partes.

El Heraldo, de 27 de diciembre de 1851
No hay apenas datos de aquel sorteo de 1851 más allá que el “gordo” de aquel año tocó en Logroño. El número afortunado del sorteo aquel 24 de diciembre de 1851 fue el 12.105, vendido en Logroño y que ya por entonces era el más importante del año por cuantías de premios.

Alberto Ruiz fue uno de los logroñeses agraciados en aquel sorteo. La prensa llegó a publicar que el mismísimo duque de la Victoria, Baldomero Espartero residente ya en Logroño tras regresar de su exilio en Gran Bretaña, había sido uno de los afortunados aunque la noticia fue desmentida. De cualquier modo, ese premio le permitió a nuestro protagonista llevar una vida desahogada con una tienda de comestibles y sala de espectáculos llamada “La Tecle” en el denominado “El Coso”, plaza en la que se celebraban los espectáculos taurinos logroñeses situada en el solar donde se erigió años más tarde la hoy desaparecida comisaria de la Policía Nacional al final de Avenida de Navarra. Este modo de vida le permitía dedicar parte de su tiempo al desempeño de las actividades políticas que eran su verdadera vocación.

Diario de Palma, de 13 de enero de 1852
Podemos decir que el caso de Alberto Ruiz Royo fue totalmente opuesto al de su paisano el arnedano Martín Merino Gómez, más conocido como el Cura Merino. Si el primero dedicó su premio de lotería en asegurarse un futuro acomodado que le permitiese dedicar sus esfuerzos a la labor política, del segundo se cuenta que en 1843 ganó un premio en la lotería de 5.000 duros que junto con el capital de dudosa procedencia que había traído de su autoexilio en Francia, montó un negocio de préstamos rozando la usura que se unía a la tormentosa vida. De tal modo que “fue expulsado de la parroquia de San Sebastián, cuyo clero estaba avergonzado con él, porque a cada momento andaba la policía a su busca a causa de los muchos altercados que le proporcionaba el oficio de usurero a que estaba entregado”. 

Ambos tenían ideas liberales y los dos llegaron a la misma conclusión. Por mucho que nos pueda sorprender hoy en día y como era norma habitual en su época, pensaban que los cambios políticos en España habían de venir por hechos violentos. El 2 de febrero de 1852 Martín Merino, quien sabe si llevado por algún que otro problema mental tal y como argumentó su abogado defensor en el juicio, decidió provocar los cambios políticos que fluían por su cabeza de manera radical atentando con un estilete sobre la reina Isabel II. Fallado en su intento,  detenido inmediatamente, fue condenado y ejecutado mediante garrote cuatro días más tarde. Martín Merino abría el camino de una larga lista de atentados contra Reyes o Presidentes de Gobierno en las siguientes décadas.

Bando de Alberto Ruiz solicitando la entrega de todas las armas de Torrecilla.
Archivo Municipal de Torrecilla en Cameros, 22 de septiembre de 1868
.El caso de Alberto Ruiz Royo fue algo distinto. Tras el pacto de Ostende, los principales partidos políticos, distintos al Moderado que sustentaba a Isabel II, habían decidido que ya no servían los antiguos pronunciamientos militares tan populares en la primera parte de siglo que, en el mejor de los casos suponían un cambio de gobierno y en el peor terminaban con la ejecución del militar cabecilla. Ahora se pretendía el mayor pacto posible entre todas las fuerzas políticas que lograsen el derrocamiento de la Reina y la creación de una nueva forma de Estado que estaba por negociarse.

El número 105 de la revista El Serradero hace un buen repaso a los acontecimientos de estos años en Torrecilla en Cameros. Los opositores riojanos a la Reina no tenían tiempo que perder y se adelantaron dos días a la decisiva batalla del puente de Alcolea que acabaría con el exilio de la Reina. Previos los preparativos en los días anteriores, el 26 de septiembre se produjo el único acontecimiento bélico en tierras riojanas de lo que a  nivel nacional se vino en denominar Revolución Gloriosa. Aunque algunos autores la sitúan en Castañares de las Cuevas, el acontecimiento se dio en la denominada Peña del Cura cerca del cruce de la carretera a Nestares y su molino.

La partida levantada por los autodenominados Voluntarios de la Libertad o Voluntarios de Rioja, estaba comandada por el mencionado Alberto Ruiz Royo El resultado de este enfrentamiento armado fue desfavorable para los sublevados que tuvieron al menos diez fallecidos, varios heridos y un buen número de apresados conducidos a Logroño, aunque posteriormente liberados tras el triunfo revolucionario a nivel nacional. Los muertos de este enfrentamiento fueron enterrados en Torrecilla donde se celebraron funerales el 3 de octubre.

La relación de Alberto Ruiz y su partida fue intensa con Torrecilla esos cuatro días entre el 22 y 26 de septiembre de 1868. Llegaron exigiendo entrega de armas, dinero y material a cuenta de pagos posteriores que el Ayuntamiento se encargó de reclamar una y otra vez tanto a instancias provinciales como al mismo Sagasta, ya Ministro de Gobernación en el nuevo Gobierno Provisional. La reclamación se prolongará en el tiempo.

Alegoría de "La Gloriosa"
La Flaca, 1874
Tras el triunfo de La Gloriosa y la inclinación del nuevo Gobierno Provisional por ideas monárquicas, la mayoría del Partido Democrático se inclina por posiciones republicanas. Hombres como Pi i Margall, Estanislao Figueras, Nicolás Salmerón o Emilio Castelar, que serán figuras destacadas de la Primera República, fundan el Partido Republicano Democrático Federal. Esa evolución republicana también acompaña a Alberto Ruiz Royo, convirtiéndose en el presidente provincial en Logroño de este nuevo partido.

Gobierno Provisional, Jean Laurent (1868)
Aquel afortunado de la lotería en 1851 fue comerciante, revolucionario que se bregó en la lucha de la Peña del Cura, Alcalde de Logroño en 1873, Diputado en Cortes por el distrito de Torrecilla en Cameros también en 1873 o Presidente de la Diputación Provincial durante la I República. Citando de nuevo al profesor Francisco Bermejo:

“Muere el 2 de octubre de 1897 triste y solo en Logroño después de una prolongada e intensa vida dedicada por completo a la República. Es, sin duda, una de las principales figuras del republicanismo riojano de todos los tiempos. La memoria y la historia ha sido muy pobre con su figura. La política fue su vida, para bien y para mal.”

La transcendencia de los hechos acaecidos en Torrecilla en Cameros el 26 de septiembre de 1868 dentro del proceso revolucionario nacional fue escasa, pero estos sucesos no hubiesen tenido lugar sin aquel premio de lotería de Navidad de1851.

Si esta primera historia toca a Torrecilla lateralmente por los hechos que acabamos de narrar, en la segunda, esta sí va relacionada con lo que todos esperamos de la lotería, un buen premio caído en Torrecilla.

02.727  Un premio de lotería para Torrecilla

Acabamos de narrar en la anterior historia, la partida levantada por Alberto Ruiz entre el 22 y 26 de septiembre tuvo a Torrecilla en Cameros por centro de actividades donde permanecieron avituallándose de equipación y alimentos. La estancia de estos sublevados provocó, como la de cualquier ejército regular que vivían siempre a expensas de las localidades donde recalaban, un perjuicio para las cuentas de negocios particulares y arcas municipales.

Según los documentos se habla de 200, 300 e incluso de 800 individuos, cifra del todo exagerada que se indica en la misiva que se remite a Sagasta todavía en 1871 para que se abonen los gastos ocasionados por estos hombres. De cualquier modo el perjuicio debió ser importante entorno a los 25.000 reales y como muestra los 10.000 reales solicitados el día 25 por el autonombrado jefe de la partida Alberto Ruiz y que los 41 principales contribuyentes adelantan de buen o mal grado. En el listado figuran varios individuos de ideas políticas totalmente contrarias siendo paradójico el caso de José María Sáenz de Tejada Manso, cabeza del Partido Carlista en Torrecilla y su comarca. Ha de contribuir como uno más pese a ser totalmente contrario a las ideas liberales con un activismo más allá de la confrontación política como lo demuestra el hecho de haber levantado una partida guerrillera que se hecho al monte al año siguiente buscando revertir la situación emanada de la revolución liberal de 1868.

Enterrados y honrados los fallecidos de la Gloriosa Riojana y con nuevas instituciones políticas en todos los ámbitos, poco a poco Torrecilla iba recobrando la normalidad tras aquel final de septiembre tan ajetreado. Contaba a 1 de diciembre con 492 vecinos y el ayuntamiento lo componía un alcalde y 6 concejales recientemente nombrados. A expensas de intentar recuperar el dinero adelantado a la causa que ahora gobernaba en Madrid, la villa trataba de recobrar el pulso normal de la vida. Entre estas rutinas estaban los sorteos de lotería, especialmente el de las fechas navideñas que con el transcurrir de los años desde 1812 ya había adquirido cierta notoriedad ligada a las fechas y los premios más cuantiosos.

Vigésimo de un billete de Lotería Nacional (1868)
Aquel 1868, el sortero estaba previsto se celebrase el 23 de diciembre en Madrid. Constaba de 25.000 billetes o números de 200 escudos, divididos en vigésimos (veinteava partes) de 10 escudos cada uno. Estaba previsto distribuir 3.500.000 escudos en 37 premios mayores entre 600.000 y 10.000 reales de un total de 4.000 premios.

La Gazeta de Madrid publicaba el resultado en su edición del día siguiente. El primer premio dotado con 600.000 escudos se había vendido en Sevilla. El segundo de 200.000 escudos, vendido en Barcelona y el tercero de 100.000 en Badajoz. Los dos premios de 50.000 recalaron en Valladolid y Barcelona. Había diez premios de 20.000 escudos repartidos en Madrid, Barcelona, Oviedo, Santander y Málaga. Por último quedaban los 22 sextos premios de 10.000 escudos, correspondió uno de ellos al número 2.727 vendido en Torrecilla en Cameros. Desconocemos si los veinte vigésimos se vendieron íntegramente en Torrecilla aunque cabría pensar que algún boleto se llevase a alguna de las localidades vecinas.

Nótese como los premios son todavía en escudos pese a que el 19 de octubre, una de las primeras medidas del nuevo Gobierno Provisional fue la implantación de la peseta como unidad monetaria nacional sustituyendo al escudo isabelino. Teniendo en cuenta que un escudo de 1868 vendría a equivaler a 10 reales, el premio de Torrecilla en aquel sorteo, suponiendo que el billete premiado se hubiese vendido íntegramente en el pueblo, sería de unos 100.000 reales.

En un sorteo ordinario de Lotería Nacional de la época, se ponían en circulación 20.000 billetes o números con un valor de 20 escudos (200 reales) dividido en 20 vigésimos de 1 escudo (10 reales) cada uno tal como muestra el billete correspondiente a un sorteo ordinario de 8 de septiembre de aquel año que acompaña a este texto. Sin embargo, el sorteo de Navidad que ya debía tener cierto predicamento entre el pueblo, tenía una tirada de 25.000 billetes de 200 escudos, siendo por tanto cada vigésimo o papeleta de 10 escudos. Haciendo unas sencillas cuentas, cada uno de los torrecillanos que aquella víspera de Navidad de 1868 hubiera adquirido un vigésimo de 10 escudos haría ganar a su propietario la importante cantidad de 5.000 reales.

Y ahora es donde entramos en el terreno de la especulación. ¿Fue fruto del mero azar aquel oportuno premio tres meses después de los sucesos de la denominada batalla de la Peña del Cura? Ya sabemos cómo se manejaban los hilos desde el poder para dar y recibir favores en aquellos tiempos. ¿Pudo ser este premio la compensación de aquellos más de 25.000 reales que el Ayuntamiento de Torrecilla en su propio nombre y en el de sus habitantes reclamaba al nuevo Gobierno Provisional en pago de los gastos ocasionados por la partida de sublevados que en su favor se habían alojado, avituallado, luchado, fueron heridos y muertos entre el 22 y 26 de septiembre de aquel año? De cualquier forma, en la documentación municipal no hay referencia alguna a este premio y durante años se siguieron reclamando estas cantidades en diversas instancias de Logroño y Madrid.

Confiemos en el azar de los números y en la fortuna de un puñado de torrecillanos aquellas navidades de 1868 ya que difícilmente podremos comprobar lo contrario.

53.453  La torrecillana que repartió "el Gordo".

Si las dos primeras historias que hemos narrado casi se suceden en el tiempo en aquel otoño-invierno de 1868, vamos a dar un gran salto hasta situarnos en las navidades de 1929 y en el número 20 de la calle Alfonso I de Zaragoza donde se ubicaba la Administración de Lotería nº2 de esa ciudad.

Esteban Osete Vázquez era un médico natural de Molina de Aragón siendo su padre Florencio natural de Soria y su madre Josefa también de Molina de Aragón. Su vida profesional como la de todos estos médicos-cirujanos era generalmente un peregrinaje por pueblos en busca de mejores condiciones económicas dada la tónica habitual de los escasos fondos municipales que eran los que en mayor medida retribuían sus servicios a falta de vecinos pudientes que pudiesen pagar personalmente sus servicios.

Su vida laboral giró entrono al triángulo Soria-Guadalajara-Zaragoza. En 1882 consta como médico en la localidad soriana de Villar del Río. Al poco tiempo se traslada a Torrecilla donde casa con Ruperta Fraile Lacalle de cuyo matrimonio nacen al menos dos hijos, Justo Florencio y Elena. Años después pasaría a Sigüenza (Guadalajara) cerca de su localidad natal. A comienzos de 1897 está de médico en Soria en la calle del Collado, número 44. En 1903 gana una plaza de médico en la diputación de Zaragoza siendo destinado a Alpartir. En 1908 lo tenemos en Alconchel y en 1914 está ejerciendo en Monreal de Ariza. Pese a esta vida viajera, la familia Osete-Fraile no debió perder el contacto con la localidad y entorno de la madre y donde habían nacido al menos dos de sus hijos entre ellos Elena.

En agosto de 1914 contraen matrimonio Elena Osete Vázquez con Felipe Murga Martínez, maestro, natural de Anguiano por entonces profesor de primera enseñanza en Burgos.

La que será corta vida de este matrimonio la podemos recorrer con las pinceladas que nos da la prensa de la época. Desconozco desde cuando se conocían la pareja, pero en 1909 Felipe Murga pide traslado como maestro a Monreal de Ariza donde ejercía de médico su suegro y residía Elena. En 1913 es trasladado a Burgos donde contraen matrimonio al año siguiente. En 1917 la pareja recala en Madrid donde es destinado Felipe. En 1921 ha vuelto como maestro a su Anguiano natal donde fallece a mediados de 1922. En esos apenas cinco años de matrimonio tuvieron un hijo y una hija. El 28 de agosto de 1924 afirma el periódico La Rioja, que Elena Osete, ya viuda de Felipe Murga, había salido con destino Madrid para visitar a su hermana enferma.

No sé si por ser una joven viuda de un maestro con una niña de corta edad, a mediados de 1926 es nombrada para la Administración de Loterías nº9 de Sevilla. Una noticia de La Rioja nos confirma que para mayo de 1927 ya regenta la Administración de Lotería nº 2 de Zaragoza más cercana a Monreal de Ariza donde residen sus padres.

Aunque en Torrecilla, su localidad natal ya no queda nadie de la familia, la relación con su tierra se mantenía pasando los veranos en Anguiano en compañía de los dos hijos menores y su familia política. Será en Logroño donde su hija María Carmen Enriqueta  estudie bachillerato con buenas notas como nos narra una noticia de La Rioja del de 5 de junio de 1927.

Esta relación con La Rioja hace que publique anuncios en el mismo periódico para quien esté interesado en Lotería ella se la haría llegar.

La Rioja, de 6 de mayo de 1927

Como cualquier otra administración de lotería, a buen seguro fue repartiendo pequeños premios de los múltiples sorteos que se celebraban. Desde junio había repartido nueve premios, pero sin duda la fama y el motivo de su presencia aquí le llegarían con el sorteo de Navidad que el 21 de diciembre de 1929 se celebra en Madrid.

La fortuna quiere que el número agraciado con los 15.000.000 de pesetas del primer premio sea el 53.453 que había sido vendido íntegramente en la Administración de Lotería que regentaba la torrecillana Elena Osete Fraile.

Vigésimo de un billete de Lotería Nacional (1929)
Como hoy en día, son muchas las referencias y reportajes que la prensa escrita dedica al sorteo de lotería que era ya todo un acontecimiento anual prenavideño. Muchos de los periódicos sacan ediciones vespertinas exclusivamente para incluir la noticia del sorteo efectuado esa misma mañana.

La Voz de Aragón publica al día siguiente un extenso reportaje sobre “el Gordo” que ha caído en la ciudad. Desde 1893 no había sido agraciada Zaragoza con el primer premio del sorteo de Navidad y esa mañana fría y lluviosa de diciembre la fortuna pasó por las manos de Elena Osete. Según declara al corresponsal desde la cama en la que llevaba postrada varios días por un fuerte catarro, “…ya presentía lo que iba a pasar, que tenía la evidencia de que el gordo había pasado por mis manos”.

La Voz de Aragón, de 22 de diciembre de 1929
Según van narrando las crónicas el premio está muy repartido en Zaragoza y pueblos de los alrededores principalmente en los de la ribera del río Jalón en donde los había repartido en participaciones un recadero muy conocido que hacía el trayecto en la línea de tren. El periódico cuenta las típicas anécdotas de estas situaciones, el que no lo compra por no gustarle el número, el padre que regala a los hijos, el jefe que reparte entre empleados, el que se va a casar en breve y le ha tocado la fortuna por partida doble, un sinfín de historias que recorren la geografía zaragozana.

Además del gordo, había repartido íntegramente las aproximaciones anteriores y posteriores pues según declara había vendido íntegramente 88 números del sorteo.

No será este el último premio que pase por las manos de Elena Osete, en años posteriores hay noticias de varios premios sin que ninguno llegue a alcanzar la trascendencia y popularidad que le dio este de la Navidad de 1929.


21.186  ¿Habrá un nuevo premio?

A buen seguro que en algún momento de estos más de 250 años de sorteos en España algún que otro torrecillano habrá sido agraciado a título particular con alguno de los diversos sorteos que hoy en día y a lo largo de la historia se han celebrado.

Terminamos este artículo recordando una noticia aparecida en el diario La Rioja en vísperas del sorteo extraordinario de navidad de 2019. Entrevistado el alcalde torrecillano Sergio Martínez Astola, transcribimos el artículo advirtiendo del error del periodista al identificar el establecimiento de venta al comienzo que luego subsana.

"En Torrecilla en Cameros se juega al 21186. El bar Cameros vende ese número desde hace 40 años, y aunque el negocio hostelero ha cambiado de dueños durante ese periodo de tiempo, se sigue vendiendo el mismo. Y no solo para la lotería de Navidad sino durante todo el año. «Llevan vendiendo este número desde el verano, por lo que no solo lo habrá adquirido la gran mayoría de vecinos de Torrecilla en Cameros sino también mucha gente que nos visita en vacaciones y que procede de todas partes de España», explica el alcalde del municipio del Camero Nuevo, Sergio Martínez Astola. Actualmente el número de Torrecilla también se vende en el restaurante La Terraza, que regentan los mismos dueños. Eso sí, a pesar de que «de manera ininterrumpida se ha vendido siempre el mismo número y en el mismo sitio», subraya el alcalde, tocar, nunca ha tocado el premio gordo."



…¿tocará este año? ¡Mucha suerte y Feliz Navidad!



Para saber más:

Gazeta de Madrid, de 14 de agosto de 1813

Archivo Municipal de Torrecilla en Cameros, Sig. 50/11

www.beremar.com

El Faro Nacional, de 6 de febrero de 1852

La Voz de Aragón, de 22 de diciembre de 1929

La Rioja, de 21 de diciembre de 2019